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Finalizaba el primer cuarto del
siglo XVI cuando en el Perú de los Inkas empezaron a circular vagas noticias
acerca de la presencia de gentes extrañas en el continente. Por esos años,
postreros del gobierno de Guayna Cápac, el imperio andino llevaba su dominio
desde el Rumichaca en la frontera colombo-ecuatoriana, hasta el Aconcagua y el
país de los Chiriguanos por el Sur, y de la ceja de selva a las orillas del mar.
Por su dilatada extensión geográfica lejos estaba de haberse consolidado su
dominio.
Merced a una avasalladora conquista militar, en menos de un siglo, como ya hemos
mencionado, los señores orejones del Cuzco, aristocracia eminentemente guerrera
a partir del acceso al poder de Pachacuti, habían logrado el sometimiento de
numerosas naciones que antes se desarrollaron independientes o interdependientes
en un ámbito local o regional. Y por lógica, los curacas o reyezuelos de esas
naciones aceptaban de mal grado el dominio, proyectando en todo momento la
sublevación con la mira de recuperar la perdida autonomía.
Pero la carencia de unidad nacional era apenas uno de los varios problemas que
enfrentaba el Tahuantinsuyo, por los años en que la mayor potencia imperialista
del orbe, España, extendía sus ambiciones allende los mares.
EL IMPERIO INCAICO Y SUS CONTRADICCIONES
Finales del gobierno de Guayna Cápac, decíamos, años en que las revueltas se
hicieron frecuentes en el Imperio de los Inkas, razón por la cual ese gobernante
apenas pudo mantener el dominio conquistado por sus predecesores, sin realizar
avances expansionistas de importancia. A consecuencia de ello, frecuentes fueron
también las represiones sangrientas, sobre todo en el Chinchaysuyo, castigos que
resentirían contra los Inkas a muchas de las naciones sometidas y, por
desgracia, en vísperas de la invasión española.
Con todo, Guayna Cápac, cuyo apoyo principal estuvo constituido por la casta
militar del imperio, estableciendo la sede de su gobierno en Tumipampa quiso
convertirla en eje de nuevas conquistas hacia el Norte, hacia esa región con la
que se mantenía hasta entonces sólo relaciones comerciales y de donde,
precisamente, provenía la asombrosa nueva de que extraños seres venían por el
mar.
Relata la crónica occidental que Guayna Cápac llegó a presagiar la catástrofe
del imperio autóctono y su conquista por aquellos; no es fácil creerlo, teniendo
en cuenta que el Inka se consideraba líder del ejército más poderoso del mundo.
Pero lo cierto es que ya en ese tiempo, los antiguos peruanos recibieron
informes precisos acerca de lo que acontecía más allá de sus fronteras
septentrionales.
La muerte de Guayna Cápac, en oscuras circunstancias, provocó el vacío de poder
en el Tahuantinsuyo. La casta militar controlada por la dinastía de los Hanan
Cuzco y por la panaka de Pachacuti, encabezada por Atahuallpa estacionado por
entonces en Quito, se negó a aceptar la proclamación que se hizo en el Cuzco de
Huáscar como Inka con el apoyo de la dinastía de los Hurin Cuzco y de la casta
religiosa. Esto último fue un verdadero golpe de estado y la pretensión de
restaurar los viejos moldes que habían existido antes de Pachacuti. Devino
entonces inminente la guerra civil, pero ésta aún demoró algunos años, durante
los cuales, aparte de crecer los odios entre las facciones enfrentadas,
multiplicándose a la vez los levantamientos locales, sin que los antiguos
peruanos siquiera lo sospecharan en Europa se firmaba la declaración de guerra
contra ellos.
“LEGALIZACIÓN” DE LA CONQUISTA ESPAÑOLA
En efecto, tras conocer detalles acerca de los viajes de exploración llevados a
cabo por algunos de sus audaces súbditos, la corona española, por Capitulación
firmada en Toledo el 26 de julio de 1529, autorizó a Francisco Pizarro para
emprender “el dicho descubrimiento, conquista y población de la dicha provincia
del Perú”, nombrándolo “gobernador y capitán general de toda la dicha provincia
del Perú, y tierras y pueblos que al presente hay”.
Amparada por la autorización papal, supremo poder espiritual de entonces, la
corona española, proclamando el noble ideal de extender las luces de la
civilización y la fe católica, se había lanzado, a partir del descubrimiento
efectuado por Cristóbal Colón, a la conquista y saqueo de los pueblos del nuevo
continente, anexándolos a su dominio y repartiendo entre los conquistadores sus
tierras y colectividades humanas.
Así de fácil y “legal”: por el hecho de no ser cristianos, absurdo ale- gato,
nuestros ancestros nativos fueron considerados bárbaros y, por tanto,
susceptibles de ser conquistados mediante la guerra. Reyes y papas,
representantes de los poderes supremos temporal y espiritual en Occidente,
invocaron el nombre de su dios para autorizar a los conquistadores la
esclavización de los pobladores de América.
Al respecto, bastará citar lo que la reina de España señaló a Francisco Pizarro
en la mencionada Capitulación de Toledo: En lo que toca a los indios naborías
que teneís... es nuestra voluntad y mandamos que los tengaís y gobernaís y
sirvaís de ellos, y que no os sean quitados ni removidos por el tiempo que
vuestra voluntad fuera.
Merced de tales argucias, teniendo la ambición por motivación principal y
sabiendo que lo de llevar las luces de la civilización occidental y la
evangelización cristiana eran sólo pretextos que quedaban en el papel para dar
apoyo “legal” a la conquista, Pizarro y su gente se aprestaron a invadir el
Perú.
De esa España gobernada por la alianza clero-nobleza no salieron a la conquista
sino las gentes sin fortuna, aunque sus conductores fueron ciertamente audaces
navegantes y valientes guerreros, a quienes apoyó la incipiente burguesía de sus
ciudades, los comerciantes y prestamistas. Estos últimos fueron los capitalistas
de la empresa; el estado actuó en forma secundaria, aunque a la postre resultó
el más beneficiado.
El clero y la nobleza pasarían al Perú sólo después de consolidada la conquista,
luego de que el Estado imperialista español lograra reprimir los brotes
separatistas de los plebeyos conquistadores que intentaron convertirse en
señores feudales americanos. Aunque el feudalismo, en novísima versión
extemporánea, se asentó en la tierra conquistada.
Por ironía del destino, aquel mismo 1529 estallaba en el Perú la trágica guerra
civil entre los Inkas, como epílogo de contradicciones de antigua y nueva data,
según hemos ya reseñado. No lo sabían aún los españoles, pero ese conflicto
facilitaría la ejecución de sus planes.
En esas condiciones, la empresa de los invasores no fue tarea muy difícil. Por
ello, con mucha razón admitiría uno de los Pizarro: Si la tierra no estuviese
divisa... no la pudiésemos entrar ni ganar si no vinieran juntos más de mil
españoles a ella.
Porque al momento de desatarse la invasión española, se agudizaban en el imperio
varias contradicciones: Hurin Cuzco contra Hanan Cuzco; panaka de Pachacuti (nucleada
en torno a Atahuallpa) contra panaka de Túpac Inka Yupanqui (que apoyaba a
Huáscar), vale decir Hanan contra Hanan; aristocracia sacerdotal contra
aristocracia guerrera; estado imperial contra señores locales (Cañaris,
Chachapoyas, Huancas, etc.); estado imperial contra esclavos yanaconas (llamados
también mitimaes forzados); estado imperial contra campesinado hatunruna (vasto
sector perjudicado por la guerra), etc.
En ese momento la contradicción principal se había generado al interior de la
casta de los orejones, pero el proceso subsiguiente de la invasión española,
cuya respuesta fue la guerra de resistencia Inkaica, dio cauce a la agudización
de las otras contradicciones, al sublevarse contra el Tahuantinsuyo varios
señores locales y miles de esclavos yanaconas, en medio de un trastorno total
cuyo epílogo fue la destrucción del estado autónomo y la anexión de su
territorio a un imperio extranjero.
MUNDOS ENFRENTADOS
El tercer viaje de Pizarro hacia el Perú sería el definitivo. A fines de 1531,
un año después que partiera de Panamá, la hueste española ocupaba la isla de
Puna, frente a Tumbes, iniciando la invasión del Tahuantinsuyo.
A pesar de la realidad caótica, los pueblos peruanos presentarían resistencia a
los españoles desde el momento de su intromisión en nuestras tierras,
resistencia que, si bien improvisada y con poca organización, no iba a cejar en
ningún momento.
Así lo señaló Pedro de Cieza de León, el más veraz de los cronistas, quien
recogiendo versiones así españolas como peruanas escribió: Los indios de los
valles, como entendieran haber poblado su tierra aquellas gentes, pesóles en
gran manera... (y) hubo pláticas secretas entre ellos para les mover guerra.
Punto aparte merece la mención del aparato bélico que enfrentaron los españoles
a los antiguos peruanos. Tremenda diferencia: ellos trajeron cañones, arcabuces,
espadas, picas, lanzas, ballestas, armaduras; caballería aplastante; perros
amaestrados en la caza de indios, etc.
Y los conquistadores no fueron los 160 que han repetido las versiones
hispanistas, porque con ellos alinearon numeroso contingente de indios aliados
traídos de Centro América, y en tal número que un conquistador escribió en el
istmo de Panamá que esas tierras se despoblaban por los muchos nativos que se
llevaban para el Perú.
Contaron también los españoles con destacamentos de guerreros negros, hábiles en
guerras contra indios. Y por si fuera poco, tuvieron pronto el auxilio venido
por el mar, con lo que la conquista se tornó incontrovertible. Comprobada la
existencia del país del oro, nada hubiera impedido la conquista del
Tahuantinsuyo. Una maquinaria bélica propia de la Europa Renacentista,
enfrentada a una que emergía de la Edad de Piedra, lógicamente habría de
resultar, tarde o temprano, vencedora.
Finalmente, cabe anotar que buena parte de los antiguos peruanos tuvo la
desdicha de considerar dioses a los invasores. Asombrados de verlos salir del
mar, extrañamente vestidos, con poderes que consideraban sobrenaturales, los
creyeron hijos del dios Viracocha. Desde 1528, año en que los invasores
desembarcaron en los poblados costeños del norte peruano, la versión empezó a
circular en el Tahuantinsuyo. Tumbesinos, Tallanes y Lambayeques, tras ser
visitados por los extraños seres barbados, los vieron desaparecer nuevamente en
el mar, tan sorprendentemente como habían emergido, y admirados los llamaron
Viracochas.
Hasta el decadente clero solar cuzqueño llegó a aceptar tal calificación divina
cuando, tres años más tarde, los invasores volvieron anunciando que, enviados
por el supremo dios, venían a apoyar la causa de Huáscar contra Atahuallpa. Este
último, en cambio, jamás creyó en la divinidad de los invasores; las habladurías
de los costeños nunca fueron consideradas seriamente por su círculo, que desde
un principio calificó a los españoles de ladrones, haraganes y viciosos,
disponiéndose a combatirlos, pero los atahuallpistas tuvieron la fatalidad de
menospreciar el poder bélico del enemigo, y así, queriéndolos encerrar en una
trampa, los dejaron entrar en Cajamarca. Más les hubiera valido destrozarlos en
la cordillera, que bien pudieron hacerlo, como recomendaron algunos previsores
líderes, caso Rumi Ñahui. Porque en noviembre de 1532 la trampa de Cajamarca se
volvió contra ellos, y de la manera más terrible.
Pero no sería fácil para la España de Carlos V sojuzgar al Perú de los Inkas.
Cuarenta años de cruenta lucha, entre 1532 y 1572, le serían necesarios para
lograr la conquista total del país de los Inkas. Porque recién con la muerte de
Túpac Amaru, el último Inka de la resistencia, ejecutado bajo la tiranía del
virrey Francisco de Toledo, pudieron decir los españoles que la conquista era un
hecho consumado.
En primer término se dio la heroica lucha de los pueblos de la costa norte, en
especial la de los Tumbesinos y Tallanes desarrollada en 1532, sin injerencia
directa de los Inkas. Por entonces Atahuallpa se hallaba en Cajamarca,
creyéndose el monarca más poderoso de la tierra, luego de que su ejército
derrotara definitivamente a Huáscar en las afueras del Cuzco.
Héroes principales de la resistencia en la costa norte fueron los curacas
Chirimasa de Tumbes, los Tallanes Cango e Icotu, y los de Amotape y La Chira,
junto a los cuales ofrendaron sus vidas cientos de guerreros nativos.
RESISTENCIA INKAICA ATAHUALLPISTA
La resistencia inkaica propiamente dicha tuvo tres fases claramente definidas.
La primera se inició inmediatamente después del asesinato del Inka Atahuallpa,
perpetrado por orden de Pizarro, tras una farsa de juicio, el 26 de julio de
1533. Atahuallpa, que desde su prisión ordenara la muerte de Huáscar, fue
acusado de tramar un golpe contra los españoles en Cajamarca, lo cual pudo ser
cierto, pues a su muerte enarbolaron la bandera de la resistencia sus generales
Challco Chima y Apo Quizquiz.
Por esos días, en medio del caos, se acentuó la rebelión de los señores locales
contra el imperio, y los reyezuelos Chimúes, Chachapoyas, Huancas y Cañaris
creyeron ver en los españoles oportunos colaboradores para recuperar su
autonomía de otrora; en consecuencia, no tardaron en unírseles por oleadas, para
luchar aliados contra los inkaicos atahuallpistas, que ocupaban aún gran parte
del Tahuantinsuyo.
Se rebelaron también contra el imperio miles de yanaconas del campo,
aprovechando que los orejones centraban toda su atención en la guerra. Los
españoles supieron aprovechar tan favorable coyuntura, proclamando apoyo a toda
rebelión, logrando de esa manera que grandes contingentes de yanaconas cambiaran
el amo nativo por el cristiano.
Así pues, grupos rebeldes, de varias naciones y clases sociales, tomaron las
armas contra los Inkas, a su vez enfrentados entre sí. En tan grave confusión
sólo los inkaicos atahuallpistas, nucleados en torno a sus generales Challco
Chima, Apo Quizquiz y Rumi Ñahui, tuvieron plena conciencia de las fatales
consecuencias que acarrearía la invasión española. Y la combatieron
heroicamente, sin ningún apoyo.
Se batieron solos contra los españoles; y además de enfrentar a un enemigo muy
superior en número, lo más trágico fue la inferioridad de su aparato bélico.
Ello no obstante, su lucha fue tenaz y bravía; y numerosas batallas, en el
centro y norte del derrumbado imperio, dieron fe de su abnegada y digna
constancia en la defensa del suelo patrio. Sobre esta historia ha escrito varios
libros cumbres Juan José Vega.
En la ruta de Cajamarca al Cuzco, ellos se enfrentaron con suerte adversa a los
españoles. El pacto entre éstos y los inkaicos tradicionalistas quedó
bárbaramente sellado en Jaquijaguana, donde para contentar al entonces joven
Manco Inka, Pizarro hizo quemar vivo al general Challco Chima, que poco antes
cayera prisionero ingenuamente.
En noviembre de 1533 Apo Quizquis intentó contener el avance español sobre el
Cuzco y tras ser derrotado en Paruro optó por la retirada al norte. Por medio de
chasquis había tenido noticia de que el general Rumiñahui combatía por su parte
en el septentrión andino a huestes invasoras recién llegadas. Al cabo, entre
1534 y 1535, tanto Apo Quizquiz como Rumi Ñahui ofrendaron la vida, ambos cerca
de Quito, el primero asesinado por un orejón contrario a proseguir la
resistencia y el segundo quemado vivo por los españoles. El historiador Andrade
Reimiers, recordando esta tragedia –recuerda el doctor Edmundo Guillén-, dice
que el Quito cristiano surgió sobre las cenizas de estos famosos héroes.
LA GUERRA DE RECONQUISTA
De 1536 a 1544 se prolongaría la segunda fase de la guerra hispano inkaica. Fue
una verdadera guerra de reconquista, como la llama Edmundo Guillén, y la
sostuvieron los núcleos inkaicos cuzqueños, incluso aquellos que en un primer
momento prestaron ingenuo apoyo a los españoles.
Muertos los caudillos de la resistencia inkaica atahuallpista, dispersos sus
partidarios, los españoles creyeron consolidada la conquista. Se equivocaron,
pues poco tardó Manco Inka en tomar conciencia del cambio fatal producido en su
pretendido imperio, del cual fuera reconocido Inka por Pizarro cuando era apenas
un adolescente. Dos años después del fatídico pacto de Jaquijaguana, Manco vio
con más claridad, al ser testigo de una situación cada vez peor para los suyos.
Y comprendió, tal vez ya tarde, que había sido vilmente engañado por los que en
1533 se presentaron como sus aliados.
Porque tras el aniquilamiento de la resistencia inkaica atahuallpista, los
españoles revelaron sus miras ya sin tapujos. Desapareció el trato amistoso
hacia la facción de orejones que los habían apoyado y fue reemplazado con
violaciones, saqueos, robos, torturas, humillaciones y asesinatos.
Del respeto falaz se paso al vejamen –refiere Juan José Vega-, y del cinismo a
la burla. Y el propio Manco pasó a ser víctima de tales afrentas. Entonces fue
que se arrepintió del grave error de otrora, reconociendo póstumamente la
heroicidad y justa causa de los inkaicos de la facción atahuallpista, a los que
tan ciegamente antes combatiera.
Reunió en secreto a los orejones, deplorando ante ellos haber servido a los
españoles en el aniquilamiento de los generales atahuallpistas; y los exhortó a
desatar la guerra total por recuperar la autonomía, pronunciando un discurso que
bien puede inscribirse como el primer documento de la lucha libertadora del
Perú, testimonio que fue publicado por el cronista español Pedro de Cieza de
León.
“A Atahuallpa lo mataron sin razón –dijo-, e hicieron lo mismo de sus capitanes
Challco Chima, Rumi Ñahui, Zopezopahua. También han muerto en Quito, en fuego,
(a Quizquiz y sus camaradas), para que las ánimas se quemen con los cuerpos y no
puedan ir a gozar del cielo. Paréceme –continuó el Inka- que no será cosa justa
ni honesta que tal consintamos, sino que procuremos con toda determinación morir
sin quedar ninguno, o matar a estos enemigos nuestros tan crueles”.
Retomó así Manco Inka los ideales por los que se sacrificaron otros adalides
patriotas entre 1533 y 1534. Libertad o Muerte sería su consigna, y la habría de
cumplir fielmente, junto a Vila Oma, Kusi Titu Wallpa (Cahuide), Tisoc Inka,
Quizu Yupanqui y otros cientos de héroes del Perú de los Inkas.
En la nueva actitud de Manco Inka mucho tuvo que ver la influencia que recibió
de Vila Oma, orejón de los Hanan Cuzco, formado en la corte de Atahuallpa y
reconocido por éste como sumo sacerdote y a la vez principal caudillo militar.
Tras un intento fallido, Manco pudo burlar la vigilancia que sobre él ejercían
los españoles, pasando a Calca donde desató la guerra de reconquista en mayo de
1536. Por entonces, Francisco Pizarro residía ya en Lima, la flamante capital de
la gobernación española del Perú, habiendo dejado a sus hermanos al mando del
Cuzco, luego de que su socio Diego de Almagro fuera astutamente, camino de
Chile.
A no dudarlo, la guerra de reconquista inkaica es uno de los temas más
importantes de la historia de los pueblos andinos. Al respecto, en el Perú
existe importante bibliografía especializada, siendo ya clásicos los libros de
Juan José Vega, Edmundo Guillén Guillén, Rómulo Cúneo Vidal, Horacio Villanueva
Urteaga y Waldemar Espinoza Soriano. Ellos han reconstruido en extenso el
decurso de ese movimiento en sus varias etapas. Sus libros y ensayos constituyen
aportes significativos y trascendentales.
Pero ellos mismos también han señalado reiteradamente que queda aún mucho por
investigar y esclarecer, pues el material documental, publicado e inédito, dista
mucho de haber sido revisado y cotejado del todo. Por lo demás, desde diversas
ópticas siempre podrán encontrarse capítulos aún ignorados o poco esclarecidos.
Por ello, las crónicas clásicas seguirán mereciendo especial atención, como
también las colecciones documentales que hace ya mucho editaran publicistas de
la talla de José Toribio Medina, Roberto Levillier y Raúl Porras Barrenechea.
Pero si bien es cierto que la guerra de Manco Inka contra los conquistadores
españoles ha sido descrita en detalle por connotados historiadores, ella no se
refleja con la importancia que debiera en los textos oficiales de difusión
masiva, consecuencia derivada de programas educativos cuyos contenidos debieran
ser reformulados.
En esa gesta épica la historiografía reconoce como momentos cumbres, el cerco
del Cuzco, la campaña sobre Lima y la retirada a Vilcabamba. Pero poco ha
reparado en que paralelamente al estadillo de la rebelión en el Cuzco, la región
meridional del otrora floreciente Imperio de los Inkas fue también conmovida. A
la luz de la investigación documental debe concluirse en que no se trató de
sucesos aislados, sino que estuvieron concatenados con el magno proyecto de
reconquista.
Porque el primer objetivo de Manco Inka fue dividir a los españoles que ocupaban
el Perú. Estos tenían ya sus propias contradicciones (almagristas contra
pizarristas / conquistadores ricos contra conquistadores pobres), pero el
propósito era distanciarlos físicamente. Así fue que los voceros de la
resistencia nativa propalaron la versión de que Chile era otro Perú, esto es,
que contenía similares riquezas en metales preciosos. Con ello motivaron la
ambición de uno de los caudillos españoles, Diego de Almagro, quien se propuso
marchar a la conquista de Chiri, como se llamaba a esa región del sur para
llegar a la cual, por la ruta Inkaica del sureste, preciso era atravesar gélidas
cordilleras. De allí el nombre Chiri, equivalente a frío. Francisco Pizarro, el
otro caudillo español, dio crédito a esa versión toda vez que anhelaba alejar
del Perú a su socio y rival, razón por la cual auspició con vehemencia su marcha
hacia Chile. Lejos estaban de suponer ambos jefes hispanos, que una vez
distanciados físicamente Manco Inka desataría la guerra contra ellos.
Existen pruebas documentales de que Manco Inka se fijó como uno de sus
principales objetivos aniquilar a los que iban con Almagro. Pudo ello hacerse en
la ruta de Charcas, como al parecer lo proyectó Vila Oma. Pero luego se optó por
intentarlo en Chile, donde actuaría como principal conspirador el famoso
intérprete Felipillo.
Así pues, en el original plan de Manco Inka se proyectó abrir tres frentes de
guerra: atacar el Cuzco que por esos días custodiaban los hermanos de Francisco
Pizarro; enviar una expedición al mando del general Quizu Yupanqui sobre Lima,
la flamante capital de la emergente gobernación española del Perú, donde residía
Francisco Pizarro; y desatar la resistencia nativa contra el ejército de Diego
de Almagro, en su marcha a Chile por la ruta de Bolivia y Argentina.
Bien se sabe que el asedio al Cuzco fracasó tras varios combates en Sacsahuaman,
debiendo retirarse Manco Inka primero a Ollantaytambo y después a la agreste
región montañosa de Vilcabamba. Quizu Yupanqui, por su parte, si bien derrotó en
la sierra central a varias columnas enemigas, y estuvo a un paso de tomar Lima,
sucumbió finalmente ante el crecido número de sus adversarios, pues Francisco
Pizarro recibió apoyo no sólo de las guarniciones españolas del norte del Perú,
como San Miguel de Piura y Chachapoyas, sino también de otras posesiones
hispanas de América.
En la ruta a Chile se verificó también la resistencia nativa, hasta que
finalmente Almagro descubrió e hizo prisionero a quien en secreto la generaba,
Felipillo. Éste había sido convenientemente aleccionado por Vila Oma y al optar
por la causa patriota quiso tal vez enmendar su conducta de otrora, cuando
sirviera a Pizarro contra Atahuallpa. Lo cierto es que en 1536 Felipillo murió
en la hoguera, a las faldas del Aconcagua.
Desde Vilcabamba Manco Inka atacó de continuo a los españoles que viajaban entre
Lima y Cuzco, razón por la cual en 1539 hubo de fundarse entre ambas la ciudad
de San Juan de la Frontera de Huamanga. Para entonces, las contradicciones entre
los conquistadores habían originado ya las llamadas guerras civiles, en las
cuales se verían también envueltas las poblaciones nativas.
Por desgracia, las contradicciones internas prosiguieron, afluyendo, entre
otras, la subyacente que siempre había existido entre príncipes de madres
incaicas y príncipes de madres provincianas. Se entiende así el por qué las
crónicas mencionaron constantemente que Manco fue combatido por sus propios
hermanos. El caso más notorio fue el de Paullo Topa, hijo de Guayna Cápac en una
princesa de Huaylas.
Atendiendo a las tradicionales normas inkaicas, Paullo nunca hubiera podido
ceñir la mascaypacha, por ser príncipe de madre provinciana, pues ese derecho
era exclusivo de los príncipes de ascendencia inkaica por vía paterna y materna,
como fue el caso de Manco Inka. Pero en medio del trastorno provocado por la
conquista española, Paullo rompió con la tradición, logrando que Almagro, a
quien sirvió esforzadamente, lo proclamase nuevo Inka. En los tiempos
posteriores, personajes descendientes de ambas ramas reclamarían el derecho de
ser reconocidos como Inkas.
Pese a sus encomiables esfuerzos, Manco no pudo lograr la unidad nacional: y tal
como había sucedido en la primera fase, ésta siguió enfrentando a hermanos de
raza y cultura. .Con Paullo Inka se alinearon los príncipes semicuzqueños -si
bien no todos-; y también combatieron a Manco, entre otras naciones, las de los
Huancas, Chachapoyas y Cañaris, además de algunos grupos Yungas.
El soporte principal del movimiento de reconquista fue el Cuzco y la región que
alcanzó plenamente la influencia inkaica: aquella ceñida por los ríos Vilcanota
y Apurímac. Pero la guerra se extendió de Quito a Tucumán, aunque sin mando
único, a causa de insalvables rivalidades.
Por otro lado, es justo reconocer que varias naciones selváticas, hasta entonces
autónomas, se solidarizaron con la causa de Manco y lo sostuvieron en la última
etapa de su lucha.
GUERRAS CIVILES ENTRE LOS CONQUISTADORES
Paralelamente se agravaron por aquellos años las contradicciones entre los
conquistadores. En la batalla de Las Salinas, el 6 de abril de 1538,
el ejército pizarrista derrotó al de Almagro, quien poco después fue ejecutado.
Tres años después el hijo mestizo de Almagro, llamado también Diego, acaudilló
en Lima un golpe de estado que terminó con la vida de Francisco Pizarro.
Dicho enfrentamiento dio pretexto a la corona española para intervenir
directamente en los asuntos del Perú. Y vino aquí, con título de gobernador, el
licenciado Cristóbal Vaca de Castro, cuyo ejército derrotó al almagrista en la
batalla de Chupas, el 16 de setiembre de 1542. Almagro el Mozo y varios de sus
partidarios fueron ejecutados, huyendo unos pocos que hallaron asilo en
Vilcabamba.
Ciertamente, Manco no fue ajeno en ningún momento a las luchas entre los
españoles. Entabló relaciones con el joven Almagro y acordó apoyarlo en su lucha
contra Vaca de Castro; pero éste descubrió esa comunicación y precipitó la
batalla antes de que pudieran unirse. Se entiende así que Manco acogiera en su
reducto a los sobrevivientes de Chupas. A la postre ello le iba a resultar
fatal.
La intervención de la corona española en el Perú se acentuó en 1542, al crearse
el virreinato y dictarse las Nuevas Leyes de Indias. Se arguyó que éstas
amenguarían el maltrato de las poblaciones nativas americanas, varias de las
cuales fueron exterminadas. Pero en realidad la corona quiso con ello asumir el
control de la colonia, para lo cual le era de necesidad acabar con los
conquistadores. Estos, por mercedes otorgadas por sus jefes a través de
encomiendas, se habían repartido tierras y hombres, convirtiéndose en poderosos
señores feudales.
En tales circunstancias el primer virrey del Perú, Blasco Núñez de Vela,
pretendió aplicar las Nuevas Leyes, generando la oposición de los encomenderos,
que se declararon en abierta rebelión acaudillados por Gonzalo Pizarro. Pese a
todo el virrey instaló en Lima la Real Audiencia, cuyos miembros terminaron
derrocándolo, temerosos de la creciente fuerza que Gonzalo reunió en su marcha
del Cuzco a la capital, donde entró apoteósicamente el 28 de octubre de 1544.
Fue por entonces que los almagristas refugiados en Vilcabamba, en circunstancias
nada precisas, asesinaron arteramente a Manco Inka. Refiere Edmundo Guillén que
procedieron así los asesinos para granjearse simpatías entre los partidarios de
Gonzalo en el Cuzco. Sea como fuere, la conmoción fue tremenda y frustró los
planes del Inka por capturar el Cuzco, hacia donde mandara una vanguardia a
órdenes del capitán Puma Supa. Mencionaremos aparte lo que sucedió luego en
Vilcabamba.
Retomando el hilo de nuestro relato, diremos que ante el avance gonzalista y
carente de apoyo en la capital, el virrey huyó por mar al norte, desembarcando
en Quito y siguiendo por tierra hasta Popayán. Allí reorganizó sus fuerzas
apoyado por auxilios llegados desde varias regiones del Perú y otras posesiones
americanas. Así fortalecido contramarchó a Quito, en cuyas afueras enfrentó con
adversa suerte al ejército rebelde, el 18 de enero de 1546. Fue degollado en el
propio campo de batalla y Gonzalo quedó entonces como nuevo gobernador del Perú.
Para entonces, ya la corona española había reaccionado, enviando al Perú con
amplios poderes al licenciado Pedro Gasca, a quien se facultó para mandar en el
Perú como el propio emperador. Promesas de nuevos dones, como también amenazas,
provocaron la defección en las filas rebeldes. Los más poderosos encomenderos no
tardaron en marchar al encuentro de Gasca, que a su llegada a Panamá tomó el
control de la armada y muy pronto se hizo de un considerable ejército.
Ante ello Gonzalo abandonó Lima, encaminándose al Cuzco por la vía de Arequipa.
Perdió en el trayecto la mitad de su ejército, por deserciones, no obstante lo
cual fue apoteósico su recibimiento en la otrora capital imperial.
Resaltó sobre todo el apoyo que le dieron muchos líderes nativos, razón por la
cual su lugarteniente Francisco de Carvajal le propuso tomar por esposa a una
princesa inkaica y proclamarse rey del Perú. De haberlo aceptado, el Perú
hubiese sido independiente desde 1547, gobernado por un linaje de mestizos.
Ello no ocurrió y Gonzalo acudió a su cita final en Jaquijaguana, el 9 de abril
de 1548. No hubo allí batalla propiamente dicha, sino deserción en masa. Apenas
murieron tres realistas y quince rebeldes, pero la represión posterior fue
terrible. Gonzalo y sus principales capitanes fueron ejecutados, dictándose
prisión y destierro para sus demás seguidores.
Gasca hizo en Guaynarímac un nuevo reparto del Perú, pero poco duró en el
gobierno, pues la corona había decidido ya fortalecer el virreinato. Quedaron en
el Perú muchos españoles descontentos, y los menos favorecidos asumieron un
proyecto autónomo en 1553, comandados por Francisco Hernández Girón. Lideró lo
que llamó el “ejército de los pobres” y su esposa, Mencia de Sosa, fue
reconocida por sus adeptos como reina del Perú. Fracasó la rebelión y Girón fue
degollado en Lima el 7 de diciembre de 1554.
LA RESISTENCIA INKAICA DE VILCABAMBA
Resquebrajado el poder político de los conquistadores y consolidado el gobierno
virreinal en el Perú, la corona española, vía sus representantes en la colonia,
se abocó a una tarea impostergable: la aniquilación de los líderes Inkas de
Vilcabamba, a quienes propios y extraños consideraban aún “señores naturales del
Perú”.
El asesinato de Manco Inka no marcó el fin de la resistencia inkaica a los
españoles. En Vilcabamba, baluarte del Gran Rebelde, desde 1545 hasta 1572
reinaron los últimos Inkas de la resistencia, para ser finalmente aniquilados
bajo la tiranía del virrey Toledo.
Tres Inkas ceñirían la mascaypacha autónoma durante aquel lapso, los tres hijos
de Manco Inka: Sayri Túpac, Titu Kusi Yupanqui y Túpac Amaru. En el Cuzco,
paralelamente, Paullo Inka y sus descendientes representarían el papel de Inkas
títeres, dependientes del poder opresor, ocupando el palacio de Collcampata.
Vilcabamba constituyó siempre un peligroso núcleo de resistencia, un enclave
independiente dentro del imperio conquistado, cuya influencia siempre se temió
suscitara un levantamiento general contra los españoles. Región de quebradas,
entre los ríos Apurímac y Vilcamayo (Urubamba), el dominio autónomo de los Inkas
de la resistencia abarcaría una extensión de cuarenta millas. Al oeste, el
Apurímac constituiría su barrera natural; al este, el Vilcamayo; al norte, una
curva del mismo río y al sur la ciudad de Huamanga, justamente llamada San Juan
de la Frontera, como se ha dicho.
Su influencia traspasaría esos límites: muchas naciones amazónicas circunvecinas
reconocerían la autoridad de los Inkas de Vilcabamba y les servirían con mitas y
tributos voluntarios. El oidor Juan de Matienzo referiría al respecto: “Es mucha
gente y mucha tierra la que posee, que son la provincia de Vitcos, y la
provincia de Manaríes, y la de Cachumanchay, y la provincia de Nigrias, y la de
Opatari, y la de Paucarmayo; éstas están en la cordillera que va a dar a la Mar
del Norte y hacia los Chunchos; asimismo, la provincia de Pilcozuni, que es
hacia la parte de Rupa Rupa y la provincia de Guaranipu, y la de Peati, y la de
Chiranana, y la de Chiponana. Todas estas provincias obedecen al Inka y le dan
tributo”.
Las entradas a ese territorio estaban celosamente custodiadas por guerreros de
la resistencia y los caminos y puentes de acceso en su mayoría estaban cortados.
Repetirían por ello los españoles que Vilcabamba “estaba de frontera en medio
del reino”. Además, advirtieron con alarma que, vistos los efectos de la
conquista, en varias regiones del Perú, para mediados del siglo XVI, se
despertaban simpatías por la causa que enarbolaban los Inkas de Vilcabamba,
quienes exhortaban a rechazar la cultura extranjera y prepararse para una gran
insurrección general.
Los efectos de la dominación colonial motivaron un proyecto de unidad india
panandina. Porque de uno a otro confín del país de dieron las luchas nativistas,
en el ciclo que la historia conoce como del Taki Onccoy (danza del dolor),
desarrollado principalmente en la región central del Perú. Según los líderes de
ese movimiento, había sobrevenido el caos para los pueblos andinos por el hecho
de haber aceptado al dios de los cristianos; preciso era entonces destruir sus
imágenes y volver al culto de los dioses ancestrales. Para debelar ese
movimiento las autoridades coloniales decretaron la llamada “extirpación de
idolatrías”, reprimiendo con rigor a los caudillos nativistas.
En Vilcabamba hubo sectores que viendo la tremenda superioridad bélica de los
españoles aceptaron la apertura de negociaciones. Pero en 1571 el Inka Titu Kusi,
que las había aceptado, fue muerto en oscuras circunstancias, ciñendo la
mascaypacha autónoma Túpac Amaru, líder del sector radical antihispano. Contra
él declaró la guerra a muerte el virrey Francisco de Toledo, cuyo poderoso
ejército invadió el reducto patriota por varios frentes.
La primera batalla se libró por la posesión del puente de Chuquichaka. Allí fue
decisiva la acción de la artillería española, cuyo mortífero poder no pudieron
contrarrestar los guerreros inkaicos. Un segundo combate se dio cerca de la
fortaleza de Guayna Pukara, que luego de heroica resistencia cayó en poder de
los virreinales. Túpac Amaru ordenó la retirada por Simaponte, en demanda de los
Manaríes, guerreros selváticos que ya tenían dispuestas balsas y canoas para
salvar al Inka. Pero a medio camino el Inka fue alcanzado, librándose un tercer
combate en el que cayó prisionero, junto a sus familiares y principales
lugartenientes.
Se les condujo entonces al Cuzco, donde tras juicio sumario el virrey Toledo
dictó contra ellos pena de muerte. Ante una plaza colmada de indios, que
lamentaban la tragedia, Túpac Amaru. Invocando en su postrer aliento al dios
Pachacámac, fue decapitado el 24 de mayo de 1572.
Terminó así la vida del último descendiente en línea recta de varón del linaje
de los emperadores Inkas. Terminó también con él, la resistencia de Vilcabamba.
Pero los ideales de estos patriotas, que hasta el final supieron mantenerse
independientes, serían prontamente recogidos por muchos otros luchadores
nativos, que protagonizarían las tantas rebeliones con las que el poblador
andino manifestó su rechazo a la dominación española.
Autor: Luís
Guzmán Palomino / aporte de
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