Campaña de 1608
Febrero 1608

 

En las correrías del verano de 1608, García Ramón había contado con el recurso de unas mil lanzas amigas y había devastado los campos de los enemigos hasta reducirlos por la miseria a venir de paz y a establecerse en las inmediaciones de los fuertes, sin traspasar el radio de acción de estos establecimientos. "Importa sobre todo llevar esta guerra por delante, sin dejar cosa a las espaldas que no esté de paz", escribía al monarca, repitiendo inconscientemente las palabras de Ribera. Pero su cabeza, reacia a toda experiencia en el terreno de la estrategia, seguía soñando con repetir los errores tradicionales: no veía las horas de recibir los refuerzos solicitados a Lima y al rey. para recomenzar las expediciones aparatosas de mera ostentación. "Espero en Dios -escribía al monarca- que el año próximo hemos de tener grandes sucesos." Para juzgar esta obsesión, es menester no olvidar que pesaba sobre el gobernador la orden de la corte de concluir la guerra en dos o tres años.

Felizmente, los socorros no llegaron. De España nada vino. Pedro Martínez de Zavala, a quien se había ordenado reunir ciento cincuenta hombres y mil quinientos caballos en Paraguay y Buenos Aires, sólo pudo enviar, en febrero de 1609, veintiséis soldados, casi todos mestizos, "y entre ellos un indio de la China", "desnudos, desarmados y en mancarrones de ningún servicio". Por su parte, el nuevo virrey del Perú, marqués de Montesclaros, sólo alcanzó a remitir doscientos cuarenta hombres, en gran parte muchachos mestizos, destituidos de todo valor militar. Los últimos ochenta soldados de Lima venían "muy lustrosos y con muchas plumas y penachos, de donde se llamó la tropa de las plumas" (Rosales). Esta circunstancia obligó al gobernador a limitarse a repetir, en el verano de 1606, las correrías del año anterior.

Intentó renovarlas en un radio mayor, en la primavera de 1609 y el verano de 1610, sin adelantar los fuertes como le recomendó Ribera, y cosechó un serio descalabro. El maestre de campo Diego Bravo de Saravia recorrió Tucapel al frente de trescientos cuarenta españoles y de setecientos indios auxiliares, y de allí se dirigió a Purén. En el lugar denominado Cuyuncabí, cayó en una emboscada que le costó setenta españoles muertos o prisioneros, más de setenta heridos, y la pérdida de armas, caballos y bagajes, sin contar la de los indios auxiliares. García Ramón acudió en persona con cuatrocientos setenta hombres a castigar a los indios de Purén. Estos, ensoberbecidos, le dieron una gran batalla campal, en la cual pelearon las fuerzas de Ainavilu, de Anganamón, de Pelantaru y de Longoñongo. La batalla estuvo largo tiempo indecisa. El campo quedó por los españoles, pero sin que les fuera posible perseguir al enemigo.

En febrero, llegó a Concepción otro refuerzo peruano de doscientos hombres, que permitió a García Ramón llenar los claros de sus filas. Alcanzó a realizar una campaña de otoño, la última que debía dirigir en su larga y accidentada carrera militar, sin obtener un cambio apreciable en la situación general de los beligerantes.

Esclavitud de los indios capturados en guerra
Poco a poco, los eclesiásticos de cerebros normales se habían convencido de que era imposible inculcar las concepciones y los sentimientos que informan el cristianismo a los aborígenes chilenos, los más lo habían advertido por instinto desde el primer momento, y los que conservaron por algún tiempo esperanzas, las habían perdido en el contacto con la realidad. Al revés de lo que le ocurría al corto número de eclesiásticos delirantes' el problema de Arauco se les planteaba en toda su crudeza. Mientras quedaran algunos miles de mapuches, la guerra no cesaría. Eran demasiado cuerdos y estaban demasiado cerca del teatro de los sucesos para creer cándidamente que el reemplazo del servicio personal por un tasa iba a inducir a los mapuches a someterse. Sabían que, si los españoles suspendían las hostilidades, los mapuches tomarían la ofensiva; y que, dada su actual capacidad militar, bastaba dejarle reponerse y prepararse para que los españoles fueran barridos más allá del desierto de Atacama. El desastre de Curalaba confirmó a eclesiásticos y a civiles en sus temores. Bajo la impresión de la derrota y de la muerte del gobernador, el dilema se les presentó con claridad: o se concluía con el pueblo mapuche o se abandonaba la conquista.

Ahora bien, sólo había dos caminos que conducían al aniquilamiento del poder militar del pueblo mapuche: colgar a los guerreros de los robles de sus selvas o declarar esclavo al indio cogido en la guerra y alejarlo de su tierra natal. Esta segunda solución era más complicada, pero más útil. El indio vendido como esclavo o empleado en los cultivos agrícolas o en las faenas mineras, era una riqueza aprovechada; colgado de un roble de la selva, era una riqueza perdida. Cuando García Ramón supo que el rey había autorizado la esclavitud de los indios cogidos en la guerra, se dolió vivamente de haber hecho ahorcar o degollar en la campaña pasada más de 300 mapuches. Era, también, menos cruel, y este segundo aspecto fue el que pesó en el ánimo de los eclesiásticos, que generalmente miraban con antipatía el comercio de los indios.

En septiembre de 1600, todo el mundo pedía en Chile la esclavitud de los mapuches. Los superiores de las órdenes religiosas, capitaneados por Melchor Calderón, tesorero del cabildo eclesiástico, y por el padre Luis de Valdivia, a la sazón rector del colegio de la Compañía de Jesús en Santiago, que antes se habían mostrado enemigos de esta medida, apoyaron calurosamente el deseo de los pobladores.

El virrey quiso oír, también, a los teólogos de Lima. Estos, que opinaban desierto de por medio de las lanzas araucanas, se dividieron, pero la mayoría se pronunció por la licitud de marcar como esclavos a los indios cogidos en la guerra.

El Consejo de Indias encarpetó el asunto por algún tiempo, esperando que el nuevo gobernador y los refuerzos remitidos de España pusieran término a la guerra. El padre Bascones, apoderado de los cabildos de Chile, lo agitó sin éxito. Mas, cuando se supo en España el descalabro de Borja y arreciaron los clamores por la suerte que había corrido la honestidad de las cautivas españolas y el trato que los indios daban a los prisioneros, el Consejo creyó no deber retardar más el curso de la solicitud en que los pobladores de Chile pedían se declarase esclavos a los indios cogidos en la guerra. El 13 de noviembre de 1607 presentó al monarca un memorial, en el cual expone las razones que justifican y aconsejan esta medida. Felipe III, quien estaba de acuerdo en el fondo, ordenó eliminar del preámbulo de la real cédula todas las demás razones, a fin de que resaltaran las que, en realidad, le habían decidido a decretar la esclavitud.

En consecuencia, la real cédula de 26 de mayo de 1608 que autorizó la esclavitud de los araucanos, se redactó en términos distintos del proyecto original, esta real cédula es un documento que refleja con mucha fidelidad lo que hemos llamado el aspecto místico de la Conquista, aspecto para nosotros confuso, porque ya no tiene correspondencia exacta para con nuestros cerebros. &ta circunstancia justifica su reproducción. "Por cuanto -dice el documento- habiendo los indios que están alterados y de guerra en las provincias de Chile reducidos a los principios de aquel descubrimiento al gremio de la Iglesia y obediencia de mi real corona, se alzaron y rebelaron sin tener legítima causa para ello, a lo menos sin que de parte de los señores reyes mis progenitores se les diese ninguna, porque su intención y la mía siempre ha sido y es que fuesen doctrinados y enseñados en las cosas de nuestra santa fe católica, y bien tratados como vasallos míos, y que no se les hiciesen molestias y vejaciones, para lo cual se les diesen ministros de justicia y doctrina que los mantuviesen en" justicia y amparasen, ordenándolo así por diferentes cédulas y provisiones, y aunque se ha procurado y deseado siempre traerlos por bien de paz y ellos. la han dado y convidado con ella, y se les admitió muchas y diversas veces ofreciéndoles su buen tratamiento y alivio, siempre han dado esta paz fingida y no han perseverado en ella más de cuanto les ha parecido, y negando la obediencia a la Iglesia se han rebelado, tomando las armas contra los españoles e indios amigos, asolando los templos, matando muchos religiosos y al gobernador Martín García de Loyola y a muchos vasallos más y cautivando la gente que han podido haber, permaneciendo de muchos años a esta parte en su obstinación y pertinacia; por lo cual han merecido cualquier castigo y rigor que en ellos se use; hasta ser dados como esclavos, como a personas de letras y muy doctas les ha parecido que deben ser dados por tales como gente perseguidora de la Iglesia y religión cristiana, y que le han negado la obediencia; y habiéndose visto por los de mi Consejo de las Indias los papeles, cartas-relaciones y tratados que sobre esta materia se han enviado de las dichas provincias de Chile y el Perú, y conmigo consultado y considerado lo mucho que conviene para el bien y quietud de aquellas provincias y pacificación de las que están en guerra, he acordado declarar, como por la presente declaro y mando: Que todos los indios así hombres como mujeres de las provincias rebeladas del dicho reino de Chile, siendo los hombres mayores de diez años y medio y las mujeres de nueve y medio que fuesen tomados y capturados en la guerra por los capitanes, y gente de guerra e indios amigos nuestros y otras cualesquiera persona que entienda en aquella pacificación, dos meses después de ésta mi provisión en adelante, sean habidos y tenidos por esclavos suyos, y como tales se puedan servir de ellos y venderlos, darlos y disponer de ellos a su voluntad. Con que los menores de las dichas edades abajo no pueden ser esclavos; empero que puedan ser sacados de las dichas provincias rebeldes y llevados a las otras que están de paz y dados y entregados a personas a quienes sirvan hasta tener edad de veinte años, para que sean doctrinados e instruidos en las cosas de nuestra santa fe católica, como se hizo con los moriscos del reino de Granada y con las demás condiciones que ellos."

"Mas es mi voluntad y mando que, si los dichos indios de guerra del dicho reino de Chile volviesen a obedecer a la Iglesia y se redujeren a ella, cese el ser esclavo ni poderse tomar ni tener por tal, lo cual se ha de entender con los que no hubieren sido tomados en ella a los dichos dos meses de la publicación de ésta mi provisión y no hubieren querido reducirse al gremio de la Iglesia antes de venir a manos de las personas que los tomasen, han de quedar por sus esclavos como está dicho." .

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