Conquista de Arauco
Diciembre 1821

 

Prieto había puesto término a la guerra con los españoles. Los realistas quedaban definitivamente aniquilados. Sin hombres, sin armas, sin municiones y sin recursos ya no podían organizar ejércitos capaces de amenazar a la provincia de Concepción. Concluyó en un mes la tarea que su predecesor no había logrado realizar en dos años con iguales elementos.

Pero en reemplazo de la guerra con los realistas, surgió otro arduo problema en Arauco. Los caudillos realistas, por temor a las sanciones, por empecinamiento, por espíritu de bandidaje o por simple hábito, se habían repartido entre los caciques amigos, seguidos de cinco, seis o doce soldados, la mitad sin armas. Aunque por sí mismos nada representaban tenían sobre la gran mayoría de las tribus indígenas el ascendiente bastante para arrastrarlas a empresas pasajeras de depredación sobre la isla del Laja y demás comarcas fronterizas. Además, vagaban entre los indios, reducidos a la más extrema miseria, miles de familias, ancianos y niños, que Benavides había sacado de sus hogares, de grado o por fuerza, y que un deber de humanidad y de conveniencia nacional exigía devolver a sus hogares, para repoblar las comarcas desiertas de la mitad sur de la provincia de Concepción.

Prieto, antes de volverse a Santiago, intentó resolver por las armas el nuevo problema. Una división de 485 hombres, auxiliada por las lanzas de los caciques Venancio Coihuepán, Peñoles y Lempi, a las órdenes del joven capitán Manuel Bulnes, quien empezaba a revelar grandes dotes de comando militar, alcanzó hasta las orillas del río Imperial en la primavera de 1821. Prieto en persona avanzó en diciembre del mismo año por la costa hasta el sur del río Lebu. Ambas columnas fracasaron en su intento. Vencieron a los indios, lograron rescatar numerosos españoles asilados entre ellos, varios ex soldados realistas se acogieron al perdón; mas los indios, al día siguiente de vencidos, reaparecían más numerosos a los flancos o a retaguardia y hostilizaban a toda hora al ejército invasor. Lo privaban de recursos, robando los caballos, quemando la hierba y atacándolo en cada paso difícil o acechando los descuidos. Caían sobre el ejército en marcha con la rapidez de una centella y antes de que los patriotas alcanzaran a formar, se escondían en los bosques. Tanto Prieto como Bulnes tuvieron que retroceder sin lograr sus propósitos. El 31 de diciembre estaba el primero en Arauco, y desde allí daba cuenta al gobierno de los resultados en estos términos: "Me había convencido de que los indios no estaban dispuestos a recibir nuestras insinuaciones amistosas. Conocía que el adelanto de nuestra marcha no era sino una jornada militar que sin traernos la menor ventaja arruinaría al todo nuestras cabalgaduras ya bastante maltratadas. Las municiones iban a consumirse, estando nosotros a mucha distancia de nuestros recursos, porque así lo exigía la incesante hostilización que nos hacían los indios, prevalidos de su movilidad y práctica de estos lugares montañosos. Los víveres (los ganados) se menoscababan con la pérdida continua ocasionada por la escabrosidad de las montañas. El número de los enemigos se iba aumentando en proporción que los estrechábamos en sus bosques. Las fatigas se hacían intolerables a los soldados que por necesidad pasaban en vela las noches desde nuestra internación. Los espías ya nos faltaban, porque no se atrevían a alejarse a cortas distancias. En fin, por todas partes se presentaban inconvenientes. Determiné, por lo tanto, retirarme prosiguiendo la guerra y devastación de las casas y sembrados de estas' gentes, que era sin duda el mayor mal que podíamos hacerles".

Al salir de Santiago, a fines de diciembre de 1821, para reasumir su cargo en Concepción, Freire se llevó consigo al ex coronel realista Clemente Lantaño, que, como ya hemos visto, tomó servicio en el ejército patriota, después de caer prisionero en el norte del Perú. Esperaba que sus relaciones con Pico, Bocardo, Calvo y demás caudillos facilitaran el entendimiento con ellos. Pero, al principio, todos rechazaron con altivez el indulto que les ofrecía. El 15 de febrero escribía a Freire: "Por la correspondencia de estos hombres, conozco que no tienen más remedio que la pólvora y las balas".

Se reanudaron las operaciones militares. El 23 de marzo de 1822, Lantaño llegaba a Santa Bárbara y el 27 lo hacia Bulnes. Desde allí obtuvieron que se rindiese el caudillo Bocardo con unos 12 soldados, seis de ellos inermes, y recogieron unos tres mil mujeres, niños y ancianos, que ya estaban próximos a expirar de hambre. Poco después, ambos jefes obtenían en Pile una aplastante victoria sobre los indios, y el cacique amigo Melipán, auxiliado por algunos piquetes de línea, aplastaba a las tribus cordilleranas, y pasando los Andes recuperaba parte de las mujeres que los indios de Carrera habían capturado en el fortín de El Salto. Con eso terminó la campaña de otoño.

Prieto se había convencido de que el problema de Arauco, simple prolongación de la segunda fase de la guerra secular entre españoles y mapuches, era irresoluble por medio de campañas militares. Sólo podían solucionarlo, en e! correr de medio siglo, e! lento avance de la civilización y del mestizaje y el correlativo desplazamiento de! indio. Freire, menos inteligente y más iluso, creía, por e! contrario, que la guerra de Arauco había tocado a su término.

Prieto regresó a Santiago en marzo de 1822. Se le ascendió a general y se le regaló una estancia en el sur, que se le cambió por una chacra en el Llano de Maipo, cuando se devolvieron los bienes secuestrados a los españoles. Ya ardía la lucha entre el grueso de la opinión y el director supremo, Freire estaba ungido salvador de la patria por la aristocracia, los doctrinarios, los carrerinos y los revolucionarios. Así es que e! término de la guerra del sur fue recibido en Santiago como una verdadera desgracia, que podía prolongar los días del gobierno de O'Higgins. La personalidad de Prieto, envuelta en el odio a O'Higgins, iba a eclipsarse por ocho años, para renacer presidiendo entre 1831 y 1841 la creación política más fecunda que ha conocido la América española.

 

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