Batalla de Huamachuco

Con el regreso de Arriagada al sur. Cáceres quedó con más de 3.200 hombres de línea, fuera de los montoneros, frente a Gorostiaga, que en ese momento no tenia más de 1.000 hombres, escaso de municiones, y a González, el cual no disponía de más de 600. Lo peor era que ambas fuerzas no podían auxiliarse antes de una semana. El feliz resultado de su estratagema decidió a Cáceres a destruir primero las dos columnas chilenas, para llegar a Cajamarca con la aureola del triunfo.

Gorostiaga, al revés de Arriagada, demostró gran sagacidad y excelente comando estratégico. El 24 de mayo, Lynch le ordenó partir de Huamachuco hacia Caraz (cerca de Yungay), para desalojar de ahí al coronel lsaac Recabarren, al que el cuartel general suponía en ese punto al frente de unos 700 hombres; pero con orden de retroceder a Casma, Chimbote u otro pueblo, de la costa, si ya se hubiesen reunido Cáceres y Recabarren, Gorostiaga, con mayor conocimiento del terreno, estimó que esta marcha era un error, que dejaba a Cáceres y a Recabarren abierto el camino a Cajamarca, que era su objetivo; y lo exponía a él, como estuvo a punto de ocurrir, a ser aniquilado por fuerzas muy superiores. Pero, obedeciendo la orden del cuartel general, salió de Huamachuco en dirección al sur el 9 de junio. Ya en marcha, recibió una nueva orden de Lynch en la cual le reiteraba la necesidad de atacar a Recabarren y le autorizaba para reforzar sus columnas con la guarnición de Trujillo, a las órdenes del comandante Herminio González, que Gorostiaga creía ser de 300 hombres, pero que en realidad contaba en ese momento con 581.

El 23 de junio llegó a Corongo, después de andar 25 leguas chilenas. Se encontró, lo mismo que Arriagada, con una verdadera red de informaciones tendenciosas esparcidas por Cáceres para engañarle. Pero no se dejó sorprender. Tomó preso al hacendado Terry, el cual había capitaneado una montonera, lo condenó a muerte, y le condonó después la vida, con la condición de que, valiéndose de su gente más segura, le tuviera al tanto de los movimientos de Cáceres. Confirmó por esta fuente la idea que ya había inferido de la reparación de los caminos que conducen a Cajamarca, de que el plan de Cáceres era burlar las columnas chilenas y seguir hacia el norte. El 21 se lo había comunicado ya a González, y el 23, como hemos visto, junto con llegar a Corongo, se lo trasmitió a Arriagada. Reunió el día 25 en Corongo un consejo de guerra y en él se resolvió seguir hacia el oriente para atajar a Cáceres en Siguas. El 26, a las 1 P. M., poco antes de llegar a Urcón, en el camino hacia Siguas, el comisionado del montonero Terry le informó que Recabarren estaba en Urcón y Cáceres ya en ChuIlin, con intención, al parecer, de seguir la retaguardia de las fuerzas chilenas. Comprendió Gorostiaga que el general peruano había cambiado de propósito y resuelto a interponerse entre él y González, quien debía venir en marcha de Trujillo, batirlos separadamente, y después continuar a Cajamarca para acabar con Iglesias. La situación era grave. Tenía 1.000 hombres contra cerca de 3.000. A pesar del aspecto cadavérico, originado por las disenterías y las tercianas, la moral de su tropa era tan alta que, cuando dio la orden de retroceder, oyó la frase: "¡No nos habían traído a pelear!, que me dolió -dice Gorostiaga- más que un metrallazo de alfileres", pero estaba escaso de municiones. Seguramente Recabarren iba a rehuír la batalla hasta batirlo reunido con Cáceres y este aplazamiento podía salvarlo. Dio la vuelta al norte en marcha forzada con la intención de tomar posiciones defensivas en Huamachuco, avisándolo a González, para que se reuniera con él en esta ciudad.

El regreso de Arriagada al sur mantuvo en angustiosa ansiedad a Lynch y a Gorostiaga. El general temía que Cáceres siguiera al norte y batiese a Iglesias o a Gorostiaga con fuerzas muy superiores. Por no separar a León Garcia, había confiado la expedición a un jefe que carecía de la sagacidad necesaria para conducirla, y su error le había abocado al borde de un desastre: el aniquilamiento de Gorostiaga o de Iglesias era un rudo golpe para la paz y para su prestigio. Gorostiaga, por su parte, temía especialmente por González, quien venía en camino de Trujillo, trayéndole 80.000 tiros, y su angustia sólo cesó al entrar este jefe a Huamachuco. Su inquietud no podía ser más fundada: dos veces intentó Cáceres destruir su columna y dos veces lo imprevisto burló sus propósitos.

Gorostiaga entró a Huamachuco el 5 de julio, y el 7 llegó González, después de dos días y una noche de marcha forzada sin comer y sin dormir.

Huamachuco era un pueblo de 8.000 habitantes, ubicado en las márgenes del río Grande, que lamía su extramuro poniente. Al norte se alzaba el cerro Sazón y al sur el Cuyulga. Entre ambos cerros y lindando con la población por el oriente, se extiende la planicie de Purrubamba.

El día 8 de julio, a las 2.30 de la tarde, las avanzadas de caballería anunciaron el avance del enemigo. Cáceres llegaba con 3.200 a 3.500 soldados regulares, provistos de buen armamento, once cañones y dos escuadrones de caballería. Le acompañaban dos montoneras, cuyo número no se puede precisar, una procedente de Santiago de Chuco y la del guerrillero Puga. Gorostiaga disponla de 1.700 hombres, casi en su totalidad cívicos. En Huamachuco sólo pelearon 5 jefes y oficiales de línea, inclusive Gorostiaga.

El combate se inició con una semisorpresa. Al toque de llamada, se reunieron en sus cuarteles los soldados que andaban francos. Gorostiaga les ordenó ocupar las posiciones que tenia estudiadas en el cerro Sazón. Desde ellas cerraba el paso de Cáceres hacia Cajamarca y compensaba su inferioridad numérica. En el pueblo quedaron un varioloso, que fue descuartizado por las tropas de Cáceres durante la noche, los fondos con la comida volcada y parte de los abrigos de la tropa; y en las faldas de Cuyulga 100 caballos y 14 mulas, de los cuales se apoderó el enemigo.

Cáceres tomó posesión del pueblo; pero emplazó el grueso de sus fuerzas en el Cuyulga. Los ejércitos permanecieron a la vista la tarde del 8 y todo el día 9, separados por los 2.000 metros que, había en línea recta de cerro a cerro, cambiando algunos disparos de artillería, sin resultados. Ni Cáceres se resolvió a atacar las posiciones del Sazón, ni Gorostiaga quería renunciar a sus ventajas. Algunos soldados de Chorrillos y Miraflores, impacientes por embestir al enemigo decían: "Estamos peleando a la peruana, de cerro a cerro". El general peruano simuló un combate de retaguardia, fingiendo batirse con Arriagada, para inducir al jefe chileno a atacar; pero no logró engañarlo.

La batalla se trabó al día siguiente en forma imprevista para ambos jefes. Gorostiaga, viendo la inmovilidad de Cáceres, temió que, mientras lo mantenía a él enclavado en el Sazón, hubiese despachado parte de su ejército por otro camino hacia Cajamarca. En un consejo de guerra reunido en la noche del nueve, se arribó a las conclusiones de que Cáceres, a pesar de su superioridad numérica, no atacaría; que para desalojarlo de sus posiciones de Cuyulga, se necesitaban a lo menos cinco mil hombres; que sólo había víveres para dos días, y que la retirada al norte era imposible. Se acordó hacer en la mañana siguiente un reconocimiento, para aclarar la situación, cerciorándose de si Cáceres conservaba todas sus fuerzas en las alturas de Cuyulga, o si, como temía Gorostiaga, había despachado el grueso de ellas a Cajamarca. En caso de permanecer el grueso del enemigo en el Cuyulga, el jefe encargado del reconocimiento procuraría provocar al enemigo, para inducirlo a abandonar sus posiciones y atraerlo al plan.

De acuerdo con la resolución de la noche, Gorostiaga encomendó, al amanecer del día siguiente, diez de julio, al capitán ayudante de zapadores Ricardo Canales que practicase el reconocimiento, al frente de dos compañías de este cuerpo, y que toréase a Cáceres, sin comprometerse a fondo. Los oficiales, que deseaban batirse, sin mirar posiciones, aleonaron a Canales para que, haciendo caso omiso de la orden del jefe, embistiera las posiciones enemigas obligando así al ejército chileno a atacarlas también, a fin de salvarlo.

Canales desplegó sus dos compañías en la planicie de Purrubamba, al oriente del pueblo, embistió resueltamente a la derecha peruana oculta en las faldas del Cuyulga y trabó combate con los batallones Jauja y Junin, que Cáceres descolgó contra él. Gorostiagale mandó retroceder; pero ni Canales quería hacerlo ni, de intentarlo, habría podido ya retirarse ordenadamente.

La escasez de municiones obligó poco después a las tropas de Canales a retroceder. Cáceres ordenó envolverlas por ambos flancos. Dos compañías del Concepción, a cargo del capitán Luis dell'Orto, enviadas como sostén de las dos primeras, pronto quedaron también envueltas por las tropas peruanas y tuvieron que retroceder, trayendo a su capitán con dos heridas. Una carga de caballería tampoco logró contener el flanqueo. Gorostiaga tuvo, pues, que empeñar a fondo el grueso de la infantería, para salvar las compañías rodeadas por el enemigo.

Cáceres envió al fuego uno tras otro todos sus batallones, que se descolgaron del cerro hacia la planicie donde se había trabado el combate. Gorostiaga, cuyas fuerzas no alcanzaban a la mitad de las peruanas, enviaba a su turno una compañía de refresco por cada batallón peruano. Así bajó al plan la totalidad de ambos ejércitos.

Como el ejército peruano doblaba al chileno, la línea del primero rebasó a la del segundo por ambos flancos. Cáceres intentó decidir la batalla en el ala izquierda chilena, formada por el Talca y la artillería; pero el capitán ayudante del primer regimiento, Julio Zacarías Meza, logró resistir la acometida.

Los jefes y oficiales peruanos pelearon con extraordinaria bravura, y casi en su totalidad quedaron sobre el campo de batalla. Por el lado chileno, jefes, oficiales y soldados entraron en combate con la conciencia de que sólo un supremo esfuerzo podía compensar la inferioridad numérica, y con confianza ciega en el triunfo. El comandante Cruz reconvino a los soldados del Talca para que consumiesen luego su ración de carne, que estaba lista; y el soldado Pedro Castró le replicó: "¡Vamos a almorzar arriba (del Cuyulga), mi comandante; los cholos nos tienen el almuerzo listo!".

Iban corridas casi cuatro horas desde que las dos compañías de Zapadores habían sido rechazadas en el Cuyulga. y las municiones de Gorostiaga empezaban a escasear. Cáceres, creyendo decidida la batalla, ordenó imprudentemente a la artillería dejar el Cuyulga, para ametrallar de cerca a los restos del ejército enemigo. Los peruanos echaron a vuelo las campanas de Huamachuco. "Las cometas, tambores y clarines hendían el aire con sus himnos triunfales". Gorostiaga ordenó tocar calacuerda; la infantería chilena se precipitó contra las filas enemigas, rompiéndolas por todas partes. Parra cargó con los Cazadores y, sableando a los enemigos que encontraba a su paso, tomó siete cañones. El ejército peruano no resistió el ataque al arma blanca, y huyó a la desbandada, perseguido por la caballería. Sus restos dispersos se salvaron sólo por la extenuación de los caballos, que no respondieron al nuevo esfuerzo pedido por sus jinetes.

Cáceres huyó del campo de batalla, perseguido por el alférez de Cazadores Abel P. Ilabaca, quien alcanzó a dispararle su revólver. El mejor estado y la mayor resistencia de su caballo le salvaron. A su paso por Tarma, en dirección al sur, la velocidad y la energía de su montura volvió a salvarle de una tenaz persecución del piquete chileno de caballería que guarnecía la plaza.

Gorostiaga recogió las once piezas de artillería que traía Cáceres, 700 rifles, un estandarte y numerosas banderolas. Quedaron en el campo de batalla alrededor de 1.000 cadáveres enemigos. Murieron el general Silva y dieciséis coroneles, entre ellos el jefe de estado mayor Tafur (padre) y los jefes divisionarios Astete, Gastó (el de La Concepción) y Tafur (hijo); catorce tenientes coroneles y mayores; y casi todos los oficiales. Recabarren y los comandantes Vizcarra y Borgoño huyeron heridos. El coronel Luna, el teniente coronel Portugal y el mayor Osma Cáceres, los cuales habían faltado a su palabra de honor de no hacer armas nuevamente, fueron fusilados sobre el mismo campo de batalla. El comandante y antiguo guerrillero en Cuba Leoncio Prado, hijo natural del presidente Prado, al cual se había puesto antes en libertad, bajo compromiso de honor de no hacer armas, se había singularizado por la actividad y dureza que desplegó nuevamente como guerrillero. Tres días después de la batalla, se le encontró herido en un rancho de los alrededores, y se le fusiló en su mismo lecho. Murió con el sereno valor que había exteriorizado en toda la campaña.

Esta extrema dureza, tan extraña al carácter chileno, fue la consecuencia del asesinato de los heridos y de las mujeres en La Concepción y del fusilamiento de todos los soldados chilenos que caían en poder del enemigo. El sacrificio del oficial y de los tres correos de la división Arriagada, el asesinato del varioloso dejado en el pueblo, el repase de los heridos que las fuerzas chilenas no pudieron arrastrar consigo en la retirada, cuando los peruanos avanzaban vencedores, y la orden, que se atribuyó a Cáceres, de no dar cuartel, sólo movieron al cumplimiento inflexible de una instrucción antigua de Lynch. En el oficio de 10 de julio, en el cual traza a Gorostiaga el plan estratégico que condujo al desenlace de Huamachuco, le decía: "Entonces despedazarán entre dos fuegos, hasta agotarlos, a este grupo de montoneros, sin mandato ni propósito que deben considerarse y tratarse como piratas terrestres fuera de toda ley y derecho, y que, olvidando lo que deben a su patria y a la humanidad, son la rémora permanente de la paz y, por consiguiente, de la reconstitución de su país".

El ejército chileno tuvo 62 muertos, 80 heridos y 21 contusos; o sea, el 10% de su efectivo. Huamachuco tuvo tanta importancia como las grandes batallas .de la guerra propiamente tal: afianzó el tratado de paz, inclinando del lado de Iglesias al norte del Perú, que vacilaba.

Desde el punto de vista militar, es el encuentro que mejor permite establecer una relación entre el soldado chileno y el peruano. Las posiciones del bajo no ofrecían ventajas apreciables y permitían hacer sentir libremente el peso de la superioridad numérica. No obstante, 1.700 soldados chilenos, casi en su totalidad cívicos, mandados por oficiales también cívicos derrotaron a un número doble de peruanos de un ejército regular, de igual armamento e instrucción.

La montonera de Puga, presintiendo el desastre peruano, se había mantenido a cinco leguas de distancia del pueblo, con el pretexto de ejecutar maniobras envolventes. La de Santiago de Chuco, mandada por el alcalde García, junto con retirarse el ejército de Gorostiaga al Sazón, penetró en Huamachuco, cuyos habitantes, partidarios de Iglesias, habían fraternizado con los chilenos, saqueó los almacenes, violó a cuanta mujer encontró en la ciudad y asesinó a mansalva. Al volver las tropas chilenas a Huamachuco, encontraron en las casas entre uno y seis cadáveres tirados en los comedores, en los pasadizos, los dormitorios, los salones y los patios. "Allí se veía cadáveres de ancianos dueños de casa, de esposas muertas y abrazadas a sus pequeños niños; de hermosas doncellas con su traje despedazado, tendidas en los sofás o alfombras del salón o dormitorio, y de infelices domésticos en los patios o despensas".

 Francisco A. Encina / Historia de Chile

 

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