www.expressiongraphics.net



Manuel Bulnes asume la
Presidencia de la Republica

Candidaturas a la presidencia de Tocornal, Pinto y Bulnes.

Para darse cuenta de la gestación y de las vicisitudes para el período de 1841-1846, hay que apartar la tupida venda sicológica que impidió a los historiadores del siglo XIX percibir las profundas divergencias entre los partidos de su época y los de 1840. Hemos visto que los vencedores de Lircay eran una coalición de elementos heterogéneos, unidos por el ascendiente de Portales en torno de un programa, salvo los estanqueros, extraños a sus propias tendencias. Con la desaparición de los federalistas, los carrerinos, los o'higginistas y el alejamiento sucesivo de los pelucones de Ruiz Tagle, los Litres o grupos de los Errázuriz, y los philopolitas, sus componentes se habían simplificado, sin llegar a la unificación. Lo integraban tres elementos bien caracterizados: los pelucones o conservadores, los gobiernistas y el grupo de jóvenes que Portales había hecho ingresar al servicio público con el propósito de formar magistrados, funcionarios y estadistas, capaces de realizar su concepción política.

Joaquín Tocornal era sin disputa la máxima personalidad del partido pelucón, y tal vez no se yerra asignándole el primer puesto entre los hombres de Estado que surgieron de este poderoso bando en su larga actuación política. Inteligente, sensato, ponderado, con gran espíritu público y larga experiencia del gobierno, afecto al clero, dentro de un regalismo moderado, progresista sin impaciencias ni afán de novedades, era el mandatario ideal para los pelucones. Además había dirigido con acierto el gobierno en los cuatro años corridos desde el asesinato de Portales. El desgaste, engendrado por el gobierno y los peligros para el orden que en esos momentos entrañaba la presidencia de un civil, no se representaban a sus cerebros cuerdos, pacatos y miopes.

Aunque los pelucones, o sea los grandes terratenientes y los pocos mineros o comerciantes que, como Diego Antonio Barros, habían logrado conservar o hacer fortuna en los azarosos tiempos que corrieron entre 1810 y 1830, Y su numerosa clientela, representaban la mayor fuerza electoral y tenían el concurso del clero y especialmente de los párrocos, nunca se habían mostrado capaces de hacerla valer con independencia del gobierno. Esta inhabilidad iba a decidir de la suerte de la candidatura de Tocornal.

Los elementos oficiales, intendentes, gobernadores, subdelegados y el grupo de ciudadanos que seguían al gobierno, por ser gobierno, y que más tarde recibieron el apodo de carneros, no habían tomado aún la importancia con que los veremos actuar más adelante. La gran influencia electoral del presidente, como ya lo hemos adelantado, eran los votos de los cívicos o guardias nacionales. Por el momento estaban inclinados a Tocornal; pero, en definitiva, salvo cortas excepciones, apoyarían al candidato que contase con la voluntad de Prieto.

Entre los jóvenes que Portales reclutó, atendiendo sólo a su valer, sin preocuparse de su procedencia ni de sus ideas, y los pelucones no había afinidad de temperamento, de carácter ni de tendencias políticas, salvo la necesidad de orden y de moralidad y eficacia en el gobierno. Aunque algunos de ellos pertenecían a la aristocracia, estaban incrustados en un ambiente que no era el suyo, ni el de su época. Tampoco tenían entre sí unidad espiritual, salvo en la tendencia laica y en sus anhelos de transformación rápida del país dentro de! orden, que la poderosa influencia invisible de Portales había despertado en ellos con más fuerza que en los pelucones, de cerebros más bastos y más apegados a la tradición. No eran numerosos ni tenían aún la enorme influencia que algunos de ellos adquirieron más tarde. Mas constituían el cerebro y e! brazo del poderoso, partido de gobierno, Egaña, su legislador y su más alto exponente intelectual, era detestado por e! clero, al cual había irritado con su regalismo intransigente y su empeño en suplir la indulgencia de! señor Vicuña, moralizándolo y exigiendo el cumplimiento de sus deberes, sin vestir sotanas, ya su vez, herido, se había desviado de Tocornal. Además era incapaz de capitanear una campaña política.

En la oposición las divergencias eran aún mayores; pues aparte del odio a Prieto, no había lazo alguno de unión entre los elementos que la componían. Benavente se empeñó en imponer la candidatura del general Aldunate, militar, apolítico, funcionario probo y honorable, que no había mostrado aptitudes de gobernante ni deseos de serio, su amigo personal, al cual creía poder dirigir. A su juicio, tenía más probabilidades de triunfo que un liberal teñido, mas no logró convencer a nadie. Lo mismo ocurrió con los demás candidatos: propuestos por un grupo, eran rechazados por los demás. Al fin fue necesario proclamar a Francisco Antonio Pinto, quien no entusiasmaba a nadie. Pinto aceptó la candidatura, sin ánimos de luchar, con el propósito de contribuir a una solución análoga a la propiciada por Benavente, sobre la base de un candidato más viable que Aldunate.

Sobre este panorama apareció la candidatura oficial del general Bulnes. Los elementos portalianos, de tendencias laicas, que habían quedado incrustados en el partido pelucón, con Montt e Irarrázaval a la cabeza, se pronunciaron decididamente por ella. El elemento oficial vacilaba, pero todo inducía a suponer que se plegaría a la voluntad del presidente. Los liberales se dividieron delante de la nueva candidatura. Un grupo numeroso, dirigido por Pedro Godoy, que se había agraviado con Bulnes a causa de una medida disciplinaria, se acercó a Tocornal, dispuesto a apoyado, si Pinto insistía en retirarse de la lucha. Otro grupo, también numeroso, se inclinó a Bulnes; y un tercero insistía en dar la batalla con candidato propio.

Modificaciones ministeriales.

Prieto reasumió el gobierno el 14 de julio de 1840. Había empleado los cuatro meses y medio de licencia en escrutar la opinión con el frío objetivismo que constituía una de las características de su sicología, y se había convenido de que la candidatura de Bulnes era aceptada con entusiasmo. Aun los pelucones, que preferían a Tocornal, no parecían dispuestos a llevar su oposición hasta el último extremo. Bastaba, pues, desarmar la máquina electoral, ya montada, cambiando el ministerio, para que Bulnes triunfara, sin necesidad de intervención electoral.

Nueve días más tarde, el 25 de julio, un decreto relevó a Tocornal del desempeño del ministerio del Interior, conservándole el de Hacienda y el de Relaciones Exteriores, que se segregó transitoriamente del primero. Por decreto de la misma fecha, refrendado por Egaña, se nombró ministro del Interior a Manuel Montt, a la sazón ministro de la Corte Suprema, rector del Instituto Nacional y presidente de la Cámara de diputados. Sin embargo, Montt no se hizo cargo del ministerio sino el 3 de septiembre, después de la clausura del congreso.

Se procedió al reemplazo de algunos intendentes que carecían de dotes para dirigir las elecciones. El de Coquimbo, Francisco de Borja Irarrázaval, fue sustituido por el gobernador de Valparaíso Juan Melgarejo, y el puesto que éste dejó vacante, lo ocupó Ramón de la Cavareda, que a su vez fue reemplazado interinamente en el ministerio de Guerra por el ministro del Interior Manuel Montt (10 de diciembre de 1840).

Los rozamientos entre Montt y Egaña por un lado y Tocornal por el otro y los ataques de la "Guerra a la Tiranía" contra el presidente, que daremos a conocer en el párrafo próximo, hicieron imposible la marcha del ministerio. Egaña presentó su renuncia y reasumió su cargo de fiscal de la Corte Suprema. Tocornal presentó también la suya, y fue nombrado superintendente de la Casa de Moneda, cargo vacante desde hacía algún tiempo por muerte de José Santiago Portales, y que se había dejado sin proveer en propiedad para que lo ocupara, al dejar el ministerio. A pesar de este nombramiento, justificado por su competencia, su honorabilidad y sus grandes servicios públicos, y de la prueba de estimación que el presidente le había dado confiándole la vicepresidencia por cuatro meses y medio, Tocornal se retiró, profundamente resentido.

El 27 de marzo de 1841, Prieto aceptó las renuncias de los ministros e hizo extender el nombramiento de los reemplazantes. Confió el ministerio del Interior a José Miguel Irarrázaval, y el de Justicia, Culto e Instrucción Pública a Manuel Montt, que también quedó sirviendo interinamente el ministerio de la Guerra y Marina. Por otro decreto, de 14 de abril del mismo año, se confió la cartera de Hacienda a Rafael Correa de Saa, el mismo funcionario que con tanta falta de tino la había desempeñado en 1825, bajo el gobierno de Freire.

El 19 de mayo, José M. lrarrázaval, cuyo carácter no se avenía con las exigencias de la política, renunció al ministerio, y entró a reemplazado su hermano menor Ramón Luís, que ya lo había desempeñado antes y que iba a figurar nuevamente en el gobierno de Bulnes.

La "Guerra de la Tiranía". Ramírez, Vallejo y Godoy.

Apenas se difundió el convencimiento de que el vencedor de Yungay iba a ser el candidato oficial, los partidarios más exaltados de Tocornal se unieron con los enemigos que el general tenia entre los liberales y abrieron una campaña de prensa, cuya virulencia iba a perdurar por largos años en el recuerdo de los chilenos. Sus autores no aspiraban a cambiar la opinión del país, que en esos años era aún incapaz de reaccionar ante las campañas de prensa, sino a desahogar su despecho, a vengar sus agravios y secundariamente a intimidar al presidente y su circulo, convenciéndolos de que Bulnes, en vez del arco iris precursor de la concordia y del avenimiento general que ansiaba el partido de gobierno, iba a ser el trapo rojo que embravecería aún más las pasiones. Tomó la iniciativa Juan Enrique Ramírez, uno de los jóvenes de valer que Portales había traído a los ministerios. Se había apasionado por Tocornal, e indignado de que se le prefiriese por un joven militar inculto y sin experiencia política y administrativa resolvió fundar un periódico de guerrilla, para combatir la candidatura del intruso. Mas, como Tocornal aún hacia parte del ministerio y no deseaba romper con Prieto, se recurrió a las estratagemas de intitular el nuevo periódico "Guerra a la Tiranía"; de darle por propietario a Pedro Chacón Morales, conocido comerciante y pipiolo desaforado, y de editado en la imprenta Colocolo, de propiedad de los liberales.

Aunque joven, inteligente y culto, Ramirez carecia de mayores dotes de periodista, y la "Guerra a la Tiranía" habría pasado casi inadvertida sin la colaboración de dos grandes escritores liberales. Pedro Godoy (Santiago, 1801-1883) era uno de los militares dados de baja en 1830 y reincorporado a las filas durante la campaña de 1838. Inteligente y culto, su concurso fue muy útil, sobre todo en los primeros meses, antes de que llegaran Egaña y De la Barra. Por desgracia, sus condiciones de carácter, la mofa y el ridículo de sus superiores, iguales e inferiores, sin distinción de amigos, enemigos ni indiferentes, eran incompatibles con la convivencia en los campamentos y con la disciplina militar. Fue necesario alejarlo de su cargo y, aunque el gobierno le conservó su .empleo militar y le guardó consideraciones, a partir de ese momento se tomó enemigo implacable del régimen, del gobierno y especialmente de Bulnes.

No se han reunido en otro escritor chileno el agudo sentido del ridículo, la causticidad de ingenio, la malevolencia, la audacia y la fuerza de la expresión, en igual medida que en Godoy. Dos anécdotas entre mil pintan mejor que todas las reflexiones el lado festivo de su mordacidad. Era íntimo amigo y compadre del general José Francisco Gana López, militar inteligente e ilustrado, cuya vida transcurrió en gran parte en las oficinas, y que por estas circunstancias el ejército diputaba más propio para las funciones decorativas del gobierno que para los campos de batalla. Godoy, que asistía al entierro, junto con cesar las descargas de ordenanza, exclamó en alta voz: "¡Pobre mi compadre! Nunca había sentido la pólvora tan de cerca". En un duelo con Bulnes, al cual había injuriado en forma incalificable, sintiéndose inferior en el manejo de la espada, que aquél eligió como ofendido, se empecinó en batirse a pistola, y como los padrinos del general observaran que, además de corresponderle la elección de armas, la pistola constituía una desventaja para su apadrinado por su corpulencia, comparada con la magra silueta de Godoy, que apenas presentaba blanco, replicó: "El arreglo es muy sencillo. Píntenle a Bulnes mi silueta con tiza, y si la bala da fuera de las líneas, no vale". Sólo leyendo sus escritos es posible formarse idea de su malignidad.

El otro colaborador, José Joaquín Vallejo (Copiapó, 19 de agosto de 1811 . Totoralillo, 23 de septiembre de 1858), que poco más tarde debía alcanzar gran celebridad como escritor satírico y de costumbres, venía de servir la secretaría de la intendencia del Maule. Cuando aún era joven desvalido, su condiscípulo Manuel Antonio Tocornal obtuvo de Prieto que lo designara para ese puesto. Según refiere el propio Vallejo, le hizo presente que era liberal, y el mandatario le habría contestado que no le importaban sus ideas políticas, sino sus aptitudes y su honradez. Durante un año congenió con el intendente, Domingo Urrutia, de quien llegó a ser hijo mimado; pero chocaron por asuntos comerciales. Vallejo empezó a mofarse de su superior y aun a denigrarlo, y éste le hizo instruir un proceso militar y lo mantuvo incomunicado por algunos días.

Aunque el gobierno sustrajo a Vallejo de las vejaciones de Urrutia y lo hizo absolver por el consejo de guerra, su carácter apasionado no se dio por satisfecho. Exigió de Bulnes, como precio de su adhesión a su candidatura, que se separara a Urrutia de la intendencia; y como no lo consiguiera, se hizo opositor. En sus ataques al gobierno desplegó grandes dotes de escritor y una malignidad apenas inferior a la de Godoy, aventajándole en grosería.

La "Guerra a la Tiranía" excedió mucho a "El Diablo Político" en acritud e ingenio. Atacó de preferencia al gobierno de Prieto, "entronizado por el fraude y la violencia", "usufructuario impúdico de los caudales públicos", y "empeñado en perpetuarse, entregando el mando de la Republica a un militar torpe, ignorante, vicioso y borracho, sin más títulos que la victoria alcanzada por el valor del soldado y la casualidad", que iba a entronizar en Chile la gran calamidad hispanoamericana: "el militarismo".

Como muestra de la virulencia de los escritores de la "Guerra a la Tiranía'" merece reproducirse el comienzo de uno de los artículos de Vallejo, intitulado: "La Guerra y el tío Abraham Asnul (el general Prieto): ¿Sabe, tío Abraham, lo que dicen de usted? ¿Qué dicen de mí? Que en aquel año que usted sabe (1829) lo compraron para que se sublevase con el ejército; que en los poderes que le dieron venían, unas cuantas firmas falsas; pero que, sin embargo, se las admitieron en juicio y usted y los demás asesinos y salteadores que le acompañaban sacaron con ellas su vientre de mal año".

La procacidad de la "Guerra a la Tiranía" era incompatible con las normas de vida moral y cívica propias de un pueblo civilizado. Reflejando el pensamiento oficial, decía Bello en "El Araucano": "El espíritu de difamación y de calumnia había subido a un punto que era de temerse llegase a minar el edificio social en sus cimientos, acostumbrando a la multitud poco educada a mirar en menos la moralidad y la decencia y a perder toda idea de consideración y respeto a los primeros magistrados. Así, la vida privada y las acciones más indiferentes del jefe del Estado habían sido presentadas como otros tantos crímenes, o eran expuestas al ridículo y al escarnio bajo el velo de alusiones y apodos que nadie podía confundir o equivocar". Godoy y VaIlejo, alentados por el regocijo con que eran recibidos sus artículos, aun por los mismos partidarios del gobierno, abandonaron los apodos de "el tío Abraham Asnul y de Bulke Borrachy", con que habían bautizado a Prieto y Bulnes, para injuriarlos bajo sus propios nombres.

Se ordenó a Godoy trasladarse a Valdivia, a servir en la comandancia de armas de esa provincia y, como se negara a obedecer, Montt ordenó seguirle un consejo de guerra; pero Prieto no aprobó la medida. Así es que quedó en retiro absoluto con sueldo de $ 838.

Prieto, ya próximo a dejar el gobierno y escaldado con el fracaso de las acusaciones a la prensa, se negaba a permitir que se acusara a la "Guerra a la Tiranía". No pensaban lo mismo los demás miembros del gobierno, y presionado por ellos y por sus partidarios, consintió, al fin, en que se acusara el número 22 del periódico. El jurado declaró la publicación injuriosa en tercer grado y condenó a Pedro Chacón, que se declaró responsable del artículo acusado en $ 600 de multa. A pesar de esta condena, tal como lo preveía el presidente, la "Guerra a la Tiranía" siguió su campaña de injurias y desprestigio del presidente y del general Bulnes: hasta que con el rumbo de los acontecimientos desapareció su objetivo y perdió actualidad.

Acuerdo entre los partidarios de Bulnes y de Pinto.

Hemos referido muchas veces que las denominaciones de liberales y conservadores con que la historia ha bautizado a los partidos de gobierno y de oposición hacia 1840-1841, son una simple transferencia de las ideas políticas de los historiadores a bandos que no sólo no las conocieron, sino que tampoco podían concebirlas. No es, pues, extraño que los liberales exaltados, en su empeño por combatir la candidatura de Bulnes, se plegaran a la de Tocornal y que intentaran arrastrar hacia ella a todos los opositores.

Ni Irarrázaval ni Montt ni ninguno de los directores de la campaña electoral de Bulnes tenían idea de la indolencia electoral de los pelucones hacia esa fecha y de su escasa importancia, sin el apoyo del gobierno. Así es que se alarmaron ante el entendimiento de liberales y pelucones y procuraron a todo trance desbaratarlo. Tomaron la iniciativa el general Aldunate y el almirante Blanco Encalada, que tenían vinculaciones en ambos bandos; pero Montt, con excelente acuerdo, sugirió la conveniencia de llamar a Manuel Rengifo, que estaba dedicado a las labores del campo en la hacienda de Vichiculén (Llay-Llay), de propiedad de su suegro. A pesar de la activa cooperación del general Pinto, no consiguió Rengifo producir acuerdo entre los partidarios de Bulnes y los liberales. Muchos estaban demasiado comprometidos con Tocornal para que les fuera posible virar hacia Bulnes, y otros se mostraron reacios a todo avenimiento. Este fracaso sugirió a los mediadores la idea de mantener la candidatura de Pinto, a fin de que Tocornal no obtuviera mayoría con el concurso de los elementos liberales que estaban dispuestos a apoyarlo, y así se acordó.

Conseguido este resultado, las gestiones se encaminaron a obtener un entendimiento, que influyó en la marcha política de la administración Bulnes.

Las cláusulas de este acuerdo verbal sólo se conocen a través de las revelaciones posteriores de algunas de las personas que intervinieron en él. Ateniéndose a ellas, habría consistido en que Bulnes y Pinto fueran separadamente a las urnas; e 'bando vencedor haría un gobierno respetuoso y aun benévolo para el vencido; si era Bulnes el elegido, dictaría una ley general de amnistía y llamaría a las filas a los militares que no se habían acogido al decreto de Prieto; el bando vencido prestaría su cooperación política al vencedor, y, por último, el gobierno se comprometía a respetar la libre emisión del sufragio. Seguramente, hubo un compromiso reservado, por el cual ambos bandos se comprometían a sufragar por el candidato que obtuviera más votos, si al dividirse los sufragios entre tres candidatos, la elección recayera en el congreso que, según se pensaba, elegiría a Tocornal.

No eran, sin embargo, el patriotismo y la abnegación cívica los principales inspiradores de este acuerdo, que obró como sedante en la acalorada atmósfera de 1841. Se había concertado el matrimonio de Bulnes con la hija mayor de Pinto, y la influencia que naturalmente ejercería el suegro sobre el yerno había trocado en candidato ideal para el momento político al militarote zafio, grosero, torpe e ignorante, cuyo advenimiento al poder importaba la entronización del militarismo de la peor especie, según sus enemigos de la víspera.

Además de este entendimiento, el gobierno arbitró otra medida a la cual se atribuyó importancia decisiva. Los tocornalistas habían acaparado un número tan crecido de calificaciones, que creían tener el triunfo en los compartimientos de las cajas de fierro y los cajones de los escritorios en que los guardaban. Pero Prieto declaró vigente un decreto reservado, que se dictó en 1836, y que autorizaba el sufragio de los ciudadanos inscritos en los registros electorales, sin necesidad de presentar el boleto de calificación.

El general Bulnes es elegido presidente de la Republica.

Las elecciones se llevaron a efecto en los días 25 y 26 de junio, con una corrección que, salvo las presididas por Egaña en 1823, Chile no había conocido antes ni volvió a conocer sino después de 1891, a pesar de los desórdenes producidos en Quillota por los liberales y de la suspensión ordenada por el intendente Melgarejo en La Serena. El general José Ignacio Zenteno, sobreponiéndose a su distanciamiento con Prieto, escribió a San Martín: "Usted me felicita porque, despreciando teorías irrealizables, damos ejemplo de orden y de verdadero civismo a todos los demás Estados hispanoamericanos. ¿Qué habría dicho usted si hubiera presenciado nuestras recientes elecciones de presidente de la República? Tres partidos políticos, no facciones, sostuvieron la lucha electoral. Pero con qué franqueza, urbanidad y decoro. Nada de evasión, nada de disturbios ni violencias...". Con igual corrección se realizaron, el 25 de julio, las reuniones de los colegios electorales. El escrutinio se practicó por el congreso, el 30 de agosto. De los 168 electores que correspondía elegir, faltaron 3, como consecuencia de la suspensión de las elecciones en La Serena y 1 por enfermedad en Concepción. Los 164 votos restantes se distribuyeron:
1 voto por O'Higgins, en Santiago.
9 votos por el general Pinto, en Coquimbo.
154 votos por el general Bulnes.
Dentro del sistema de elección por mayorías absolutas. Tocornal no podía obtener ningún elector, pues no la tenia en ningún departamento. Bulnes obtuvo más de los dos tercios del total de sufragios. El otro tercio se distribuyó entre Pinto y Tocornal.

Francisco A. Encina / Historia de Chile, Tomo XXII

Necesitamos compatriotas, necesitamos y con urgencia ciudadanos que no les sea indiferente el olvido en que han caído los sucesos de la historia que construyeron Chile. Invitamos entonces a todos los interesados a participar de este macro/proyecto - creativo/cultural, que rescata nuestra gloriosa historia, para que así nuestras actuales y futuras generaciones conozcan y admiren a nuestros próceres conocidos y anónimos, para poder reencontrarnos con nuestra verdadera identidad nacional.

 


Volver Menú
 

Diseño y Desarrollo del Equipo Técnico de Legión de Los Andes - Santiago de Chile 2009

Oferta 1&1

 
web clocks relojes webs
Contatore