Descubrimiento del Estrecho de Magallanes

En octubre de 1517, Magallanes llegaba a Sevilla, seguido poco después por el cosmógrafo Faleiro. Con el nombre de Casa de Contratación existía en esa ciudad una gran oficina a que los monarcas españoles habían confiado la dirección de los negocios relativos a los nuevos descubrimientos. A ella se dirigieron Magallanes y Faleiro, esperando hallar los auxilios que necesitaban para poner en ejecución su proyecto. El apoyo de sus ideas, ellos no podían dar más razones que una convicción científica y era difícil comunicar a los demás. Desgraciadamente, los dos extranjeros, oscuros y desconocidos en España, no poseían ni brillantes antecedentes de descubridores ni esas valiosas recomendaciones que habrían podido servirles a falta de otros títulos un los oficiales de la contratación, confundiendolos con el vulgo de los aventureros proyectistas, desecharon perentoriamente sus proposiciones. Pero uno de ellos, llamado Juan de Aranda, aquí en Magallanes expuso todos los detalles de su plan, se apasiona por la empresa y se ofreció a hacer valer sus relaciones en la corte para llevarla a cabo.

Las circunstancias eran propicias para esa tentativa. En septiembre de 1517 había llegado a España el príncipe don Carlos de Austria a tomar en sus manos las riendas del gobierno. Joven, ambicioso, inteligente, se sentía animado de un vivo entusiasmo por las grandes empresas; y el proyecto de los dos portugueses debía interesarlos desde que por él se le ofrecía la posesión de los ricos archipiélagos que producen la especiería. Venciendo los estorbos y dilaciones que estos negocios hallaban en la corte, Magallanes consiguió ser presentado al soberano en la ciudad de Valladolid a mediados de marzo de 1518. Llevaba consigo un globo en que estaban dibujadas las tierras conocidas. Sobre ese globo demostraba que siguiendo un camino diverso al que llevaban los portugueses para ir a la India, era posible llegar en menos tiempo a las islas de la especiería. Faleiro, por su parte, en su calidad de cosmógrafo, señalaba, con el compás en la mano, en aquellas islas estaban situadas dentro del hemisferio occidental, es decir, que se hallaban comprendidas en la mitad del globo, cuya conquista y cuya posesión correspondía al rey de España, en virtud del tratado de Tordesillas. Parece que el fundamento capital de la teoría de Magallanes, y de su convicción de hallar al sur del nuevo continente un paso para los mares occidentales, nacía de una observación geográfica que había hecho en sus viajes. América, como África, como Indostan y como Malaca, debía tener una forma piramidal, cuya cúspide estaría dirigida al sur. Los reconocimientos hechos en las costas americanas hasta la embocadura del Río de la Plata, justificaban esta suposición. Sin embargo, se ha referido que en los momentos de duda, cuando se trataba de incidir de Magallanes los fundamentos de sus planes, contestó que la Tesorería del rey de Portugal había visto un globo terrestre dibujado por un geógrafo de gran nota, llamado Martín Behaim, en que estaba señalado el estrecho que servía de comunicación entre los dos océanos. No es imposible que esas circunstancias, Magallanes quisiera infundir confianza cubriendo su proyecto con el prestigio de una autoridad respetada; pero la crítica histórica ha demostrado que el globo del geógrafo Behaim, construido antes del descubrimiento de América, no pudo dar luz alguna a Magallanes para la concesión y menos aún para la ejecución de sus proyectos.

El monarca español oyó con agrado las proposiciones de los portugueses y acometió la empresa con ánimo resuelto. El 22 de marzo de 1518 firmó las capitulaciones, bajo las cuales debía llevarse a cabo la expedición. Por ellas se comprometía a armar una escuadrilla de cinco naves con 265 hombres de tripulación, y con víveres abundantes para dos años, y daba el mando de ellas a Magallanes y a Faleiro con el título de adelantado si gobernadores de las tierras que descubrirsen y con una parte de sus productos, y les asignaba un sueldo para sus gastos personales. Más tarde, amplió todavía en Zaragoza algunas de estas concesiones. La expedición debía partir en pocos meses más.

Pero este convenio no hizo desaparecer en el primer momento todas las dificultades que hallaba la empresa. La calidad de extranjero suscitaba a Magallanes resistencias que parecían invencibles. Los oficiales de la Casa de Contratación opusieron dilaciones en los aprestos de la escuadra. El embajador de Portugal entabló reclamaciones contra una empresa que podía arrojar perjuicios a su soberano. Ruy Faleiro, hombre inteligente, pero de carácter desconfiado y rencilloso, había llegado a ser un estorbo en los aprestos del viaje. La decidida voluntad del Rey, y más que toda la energía inquebrantable de Magallanes, allanaron todos los obstáculos. Mientras aquél desarmaba resueltamente las resistencias que oponía la diplomacia portuguesa y repetía sus órdenes para que se activasen los preparativos sin reparar en gastos, el segundo cuidaba todos los detalles de la expedición Faleiro, por su lado, recibió una orden del Rey para quedarse en España preparando otra escuadrilla que debía seguir a Magallanes. Se ha escrito sin fundamento que había perdido el juicio, y se ha contado, también, que se negó a embarcarse porque en su calidad de astrólogo, había leído las estrellas que el cosmógrafo de la expedición moriría asesinado antes de volver a Europa.

Por fin, al cabo de 18 meses de trabajos incesantes, todo estuvo listo para la partida de Magallanes. La escuadrilla expedicionaria zarpó del puerto de San Lúcar el 20 de septiembre de 1519. Después de tocar en las Canarias y en Río de Janeiro, arribó al Río de la Plata el 10 de enero del año siguiente (1520). Desde allí comenzó Magallanes la exploración minuciosa de la costa. El reconocimiento de las máquinas de aquel río le hizo perder un mes entero; pero cuando comprendió que allí no existía el estrecho que buscaba, y su rumbo al sur sin alejarse de tierra, y siguió explorando una a una las bahías y caletas. El 31 marzo Magallanes mandó echar anclas en un puerto muy seguro que denominó de San Julián, resuelto a esperar allí un tiempo bonancible para continuar su navegación. Nada habría podido hacerle vacilar en sus inquebrantables propósitos de llevar a término la empresa que había acometido.

Esta determinación produjo un vivo descontento entre algunos de los expedicionarios. La nacionalidad de Magallanes, por otra parte, era causa de que los más caracterizados entre sus subalternos no mirasen con una mal encubierta hostilidad, y pronta a estallar en la primera ocasión favorable. Durante la navegación, el resuelto comandante se había visto obligado a poner en el seco al capitán de una de sus naves para reprimir el primer conato de desobediencia. En San Julián, los descontentos, creyendo, sin duda, que era temerario el seguir en una exploración que no podía dar otro resultado que inútiles sufrimientos, se pronunciaron en abierta rebelión en tres de las naves en la noche del 1° de abril. Magallanes, sin embargo, desplegando una gran energía, sofocó el motín, castigo con la pena de muerte a sus principales caudillos y supo mantener la disciplina en sus tripulaciones.

En ese lugar tuvo Magallanes sus primeras relaciones con los salvajes de la extremidad a austral del continente americano. Envueltos en toscas y sucias pieles de guanaco, esos indios, altos y menbrudos, parecían más grandes todavía. Por esa disposición a encontrar siempre algo de maravilloso en los países explorados por primera vez, inclinación natural a los navegantes de aquel siglo, Magallanes y sus compañeros creyeron que aquellos salvajes eran verdaderos gigantes de una talla sobrenatural. A la vista de la huella que dejaban con sus pies en la nieve y en la arena, los españoles les dieron el nombre de patagones, que conservan hasta ahora, y de donde se ha derivado la palabra Patagonia con que se designa esa región.

Los expedicionarios permanecieron allí cerca de cinco meses. El invierno, excesivamente riguroso, los molestó de sobremanera. Como aquellas costas inhospitalarias no ofrecían otros recursos que los que podía suministrar la pesca, Magallanes se vio en la necesidad de disminuir las raciones de víveres a sus marineros, temeroso de que sea votasen las provisiones de la escuadra si, como era de presumirse, se prolongaba al viaje algunos meses más. Mientras tanto, la prudencia aconsejaba esperar un cambio de estación. La más pequeña de sus naves, que en el mes de mayo se había adelantado para reconocer la costa, fue destrozada por la tempestad cerca de la embocadura de un río a que los exploradores dieron el nombre de Santa Cruz.

Sólo el 24 de agosto, cuando el tiempo parecía más bonancible, se dieron nuevamente a la vela los cuatro buques restantes; pero todavía les fue necesario detenerse en su camino y pasar cerca de otros dos meses más, allegados a la costa, sin poder adelantar la exploración. Alguno de los compañeros de Magallanes creían que era una temeridad el seguir navegando en aquellos mares en busca de un estrecho que no existía, y que por tanto era necesario dar la vuelta al norte. Si la fuerza de voluntad desplegada por el jefe de la expedición, la empresa se habría frustrado indudablemente. Para demostrar las hiciese invariable sus propósitos, expuso a sus capitanes que estaba resuelto a continuar el reconocimiento de la costa hasta la altura de 75° de latitud austral en demanda del estrecho.

No fue necesario ir tan lejos. El 21 de octubre de 1520, hallándose la escuadrilla a cinco leguas de la costa y a la latitud de poco más de 52°, se divisó un promontorio detrás del cual el mar formaba una especie de golfo. El corazón anunciaba a Magallanes que ese era el estrecho que buscaba. Las tripulaciones, por el contrario, estaban tan lejos de creerlo así, refiere uno de sus compañeros, "que nadie habría pensado en reconocer aquella entrada sin los grandes conocimientos del capitán general". En el momento dispuso éste que dos de sus naves emprendieran la exploración minuciosa de aquellos lugares. Después de tres días de diligencias, toda duda desapareció. Los exploradores habían visto que el canal se prolongaba hacia el occidente, estrechándose en partes, ensanchándose en otras. Una de las naves se adelantó hasta cerca de 50 lenguas sin descubrir la salida al otro mar, pero habían observado, en cambio, la corriente de las aguas, y ella revelaba que es entrada no podía dejar de ser la boca de un largo y tortuoso estrecho.

Magallanes no quiso esperar más tiempo. Aunque estaba firmemente resuelto a llevar a cabo la empresa que había acometido, reunió en consejo sus capitanes para oír sus pareceres. Cualesquiera que fuesen los temores y vacilaciones que algunos de ellos, la entereza de Magallanes los arrastró aprobar la determinación de éste. Sólo un piloto portugués llamado Esteban Gómez, hombre práctico en la navegación y por eso mismo muy considerado la escuadra, se atrevió a expresar una opinión contraria. Según él, ya estaba alcanzado el objeto de la expedición, puesto que se sabía que aquí era un estrecho; pero agregaba que no era posible pasar más adelante sin exponerse a los mayores peligros en la navegación de un mar desconocido, que debía prolongarse muchos meses y en que, aparte de otras eventualidades, los exploradores podían perecer de hambre antes de llegar a las Molucas. Gómez deducía de aquí que era tiempo de volver a España y de dejar el resto de la empresa a una escuadra mejor abastecida. Magallanes, con esa firmeza de ánimo que no le abandonó jamás en todo el viaje, puso término a la conferencia declarando que estaba resuelto a pasar adelante y a cumplir lo que había prometido al Rey, aunque en el curso de la navegación le fuese necesario comer los cueros en que estaban forradas las entenas de sus naves. Para no saludar a dudas sobre la energía incontrastable de su propósito, mandó pregonar en la escuadra que castigaría con la pena de muerte a todo aquel que hablase de las dificultades del viaje o de la falta posible de víveres. La escuadra debía penetrar en el estrecho en la mañana siguiente.

El 1 de noviembre de 1520 entró Magallanes en el estrecho que debía inmortalizar su nombre. Pasado el golfo que le sirve de boca oriental, la escuadrilla se internó resueltamente en las primeras posturas del canal, una espaciosa ensenada cerca de la cual se levantaban varias islas. Era ésta la bahía San Bartolomé de los españoles o, Peckett, de las cartas inglesas. En este punto, la naturaleza de aquellos canales cambiaba de aspecto. Hasta allí, el paisaje que se había presentado a la vista de los exploradores era triste y pobre. Extendidas playas de arena batidas por un viento frío, eminencias de poca altura, desprovistas de árboles y con una miserable vegetación herbácea, rocas áridas y peladas, y un cielo limpio y seco, fue todo lo que dieron en la primera parte del estrecho. Desde que pasaron la segunda angostura, el paisaje cambiaba como por encanto. Montañas más elevadas, con cimas cubiertas de nieve y con un suelo humedecido por estudios frecuentes, ostentaban una lujosa vegetación de árboles y yerbas. Este cambio de paisaje causó una agradable sorpresa lo que espero que acababan de pasar muchos meses en las estériles regiones de la costa oriental. "Yo creo, dice uno de ellos, que no hay en el mundo un estrecho mejor que este". "Las tierras de una y otra parte del estrecho son las más hermosas del mundo", dice uno de los historiadores de la expedición, copiando, sin duda, alguna relación que no ha llegado hasta nosotros.

Desde la bahía en que había fondeado Magallanes, la costa cambiaba violentamente de dirección, dirigiéndose en línea recta hacia el sur. Este rumbo tomaron los expedicionarios; pero apenas habían navegado unas 15 leguas, hallaron el estrecho dividido en dos canales por la interposición de tierras ásperas y montañosas. Magallanes mando en el instante que dos de sus naves penetrase por el camino que se abría al oriente, mientras él mismo seguía avanzando por el otro canal con el resto de su escuadrilla. Las dos divisiones debían reunirse en el punto en que se abren esos dos canales para comunicarse las noticias que hubiesen recogido en sus exploraciones respectivas.

Esta providencia, irreprochable como medida de precaución para explorar el camino que buscaba, iba a procurar a Magallanes una de las mayores contrariedades de su viaje. Por su parte, recorrió la prolongación de la costa de la península llamada ahora de Brunswick, hasta el cabo de Froward, que forma la extremidad a austral del continente americano. Observando allí que el estrecho tomado en ese punto una dirección franca y expedita así al noreste, se contrajo durante cinco días a renovar sus provisiones de leña y de pescado en las caletas vecinas. Mientras tanto, las otras dos naves exploraban el canal oriental sin encontrarle salida. Una de ellas, que había avanzado menos en este reconocimiento, dio luego la vuelta a reunirse con el jefe expedicionario. La otra, denominada San Antonio, había ido más lejos todavía. Al tercer día (8 de noviembre) regreso de su exploración, pero no halló a Magallanes en el punto de reunión. Mandaba esta nave el capitán Álvaro de Mezquita, portugués de nacimiento, primo hermano de Magallanes y hombre de toda su confianza. Por desgracia, estaba embarcado también en el mismo buque el piloto Esteban Gómez, espíritu inquieto y turbulento, que en días anteriores se había opuesto abiertamente a la continuación del viaje. Aprovechándose ahora de la separación del resto de la escuadra y de la ausencia de Magallanes, Gómez sublevó a la tripulación, apresó al capitán Mezquita y dio la vuelta a España. Esta tradición, que privaba a los expedicionarios de uno de sus buques, y de una abundante provisión de víveres que cargaba la San Antonio, estuvo a punto, cómo vamos a verlo, de frustrar la memorable empresa que había acometido Magallanes.

Cuando el jefe expedicionario volvió al lugar en que debía reunirse con toda la escuadra, experimentó la más desagradable sorpresa al ver que no se hallaba allí la nave que mandaba el capitán Mezquita. Desde el primer momento todo fue conjeturas y sobresaltos, teniendo que hubiera naufragado en el reconocimiento de los canales. El cosmógrafo de la expedición, Andrés de San Martín, que durante todo el viaje había prestado los más útiles servicios fijando con una exactitud casi absoluta la latitud de los lugares que visitaba Magallanes, fue consultado por este sobre aquella contrariedad. San Martín, como la mayor parte de los cosmógrafo de su siglo, estaba convencido de que la posición que ocupan los actos en un momento dado era un dato seguro para descubrir el porvenir y los hechos ocultos. Aplicando la ciencia astrológica al caso presente, San Martín, a ser cierto lo que cuenta un distinguido historiador, descubrió en este caso la verdad de lo ocurrido. "La nave que falta, dijo, ha dado la vuelta para Castilla, y su capital es llevado preso". Pero Magallanes se negaba a dar crédito a la fatídica explicación de su cosmógrafo. La confirmación de este informe podía suscitar la rebelión en los otros buques. Por eso, redobló su actividad para buscar la nave perdida en los que. Sólo después de algunos días de inútiles diligencias, cuando había desaparecido toda esperanza de hallar a sus compañeros, resolvió Magallanes alejarse de aquellos lugares. Aún entonces, quiso poner señales en algunos puntos de la costa. En uno de ellos, además, mandó dejar una marmita con una carta en que indicaba el rumbo que iba a tomar para que pudiera seguirlo la nave San Antonio.

En la exploración de las tierras estrecho no ofrecía ningún interés para Magallanes que sólo estaba allí el paso para llegar a los mares de la India. Por otra parte, aquella región fragosa mina o un frío helado y penetrante aún en la estación del año en que el día con su crepúsculo duraba 18 horas, aunque presentase a la vista un panorama grandioso e imponente, no valía la pena de detener en su camino a los navegantes que iban en busca de las islas más ricas del mundo. Pero Magallanes pertenecía por su genio al número de los grandes descubridores; y aún sin detenerse en prolijo sus reconocimientos, se formaba un concepto cabal de las tierras que divisaba. Para él, la costa este norte era no cabe duda la extremidad austral del continente americano. La región del sur, que Magallanes denominó Tierra del Fuego, por causa de las muchas fogatas que allí encendían los salvajes que la pueblan, debía de ser una gran isla "porque algunas veces podían los navegantes las repercusiones y relamidos que el mar hacía en las riberas y cosas de la otra parte". Sin detenerse tampoco emboscar tratos con los indios de aquella isla, Magallanes, con las tres naves que formaban su escuadrilla, continuó resueltamente su navegación por el angosto canal que se abría con dirección al noreste.

El 21 de noviembre, Magallanes se hallaba a pocas leguas de la boca occidental del estrecho, y todavía no perdía la esperanza de encontrar la nave que lo había abandonado. Sus exploradores, que volvieron atrás a buscarla, declararon que no habían hallado el menor vestigio de ella. En ese punto, el audaz navegante volvió a consultar a sus capitanes y pilotos sobre lo que convenía hacer. No quiso, sin embargo, reunirlos en Consejo, sino que les pidió informes separados y por escrito, instándoles que lo viesen con franqueza, sin temor alguno, para tomar enseguida la resolución más útil al servicio del rey. No conocemos más que uno de esos informes, el del cosmógrafo de la escuadra, y ese era desfavorable a la continuación del viaje, Andrés de San Martín, sin entrar a discutir si por aquel camino podía llegarse a las islas de la especiería, pensaba que no era posible emprender este viaje por el mal estado de las naves, por la escasez de víveres, por el abatimiento y la debilidad de las tripulaciones, y por las tempestades que debían hallar fuera del estrecho. Es posible que Magallanes recibiera otros informes del mismo carácter; pero dándose por satisfecho con el resultado de la investigación, haciendo quizás entender que la mayoría de los pilotos era de distinto parecer, mandó levantar anclas en la mañana siguiente, en medio de una salva de arcabucería. Su voluntad de fierro, que no podía doblegarse ante ninguna resistencia ni contrariedad, dominó así la peligrosa situación que le había creado la deslealtad del piloto Gómez.

Magallanes había hecho salir adelante una chalupa de la escuadra. Sus tripulantes regresaron al tercer día, anunciando que habían visto el cabo en que terminaba el estrecho. "Todos lloramos de alegría, dice el historiador de la expedición. Aquella punta fue llamada cabo Deseado, porque, en efecto, todos deseábamos verlos desde largo tiempo". El 27 de noviembre de 1520 entraba, por fin, Magallanes en el gran océano. Allí se terminó la exploración de aquella parte de nuestro territorio, la primera que pisaron los europeos. El resto del memorable viaje de Hernando de Magallanes no pertenece propiamente a la historia de Chile, pero tiene una importancia capital para la historia de la geografía.


Diego Barros Arana / Historia General de Chile, Tomo I

 

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