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La encomienda de la Corona Española
 

La principal forma que tuvo la corona para premiar los servicios de los conquistadores, fue la concesión de encomiendas. Al poco tiempo de fundada una ciudad, el capitán señalaba a sus soldados más destacados las encomiendas que les correspondían. Eran éstas grupos de indígenas debidamente individualizados, que en algunos casos alcanzaban considerable número y que tenían la obligación de tributar para su encomendero bajo un sistema regulado por una legislación dictada por el Estado. La encomienda implicaba además la obligación de proteger y evangelizar al indio. La ley establecía que el natural no perdía su libertad y que los beneficios sólo se concedieron por dos vidas, es decir se entregaba al conquistador y a su inmediato sucesor. En la práctica esta situación varió y muchos fueron los casos en que ésta tuvo larga duración.

El interés de los españoles en la obtención de encomiendas fue el gran motor de la conquista pues permitió utilizar enormes contingentes de masa indígena como fuerza de trabajo.

La encomienda tuvo su origen en la Reconquista española, pero en América adquirió modalidades propias, que inclusive la distinguieron de una región a otra. En Chile prevaleció la encomienda de trabajo o servicio personal, ya que las condiciones sociales, culturales y económicas del indígena hacían engorroso y casi imposible la percepción de tributos. 

La extracción del oro fue la base fundamental de la incipiente economía del país, y marchó paralela con la concesión de encomiendas. La pronta extinción de las riquezas auríferas cambiaron el trabajo del indio que fue luego destinado a faenas agropecuarias. Nuevamente fueron las encomiendas las que proporcionaron la mano de obra necesaria. 

Los repartimientos de encomiendas tuvieron en Chile diferente densidad. En el Norte Chico su número fue reducido. Mayor fue la cantidad de las distribuidas en la región central desde el valle de Aconcagua al río Maule. Las más numerosas correspondieron a las ciudades del sur de Este Concepción a Osorno, con abundantísima población indígena; sin embargo, el goce de estas últimas encomiendas estuvo sujeto a una permanente inestabilidad debida a continuos levantamientos y a la persistencia de la lucha armada. 

El trato dado por los encomenderos a sus indios fue generalmente riguroso y aún cruel. Estos abusos crearon en algunos círculos eclesiásticos e intelectuales un fuerte movimiento en contra de la institución. Como su abolición resultaba imposible porque contaba de raíz todo incentivo a la Conquista, el Rey, asesorado por teólogos y juristas, dictó abundantes disposiciones que tendieron a proteger al indígena. 

En Chile, en el gobierno de don García Hurtado de Mendoza, se promulgó en 1558 un primer cuerpo de disposiciones que regulaban las relaciones entre españoles e indios. Fue la tasa de Santillán, obra de uno de los letrados que acompañaban al gobernador. En ella se mantuvo el servicio personal, pero se limitó la edad de los indios destinados a esas labores, estableciéndose además las mitas, que eran turnos de trabajo. Los naturales que se dedicaban a faenas mineras tuvieron derecho a recibir el sesmo o sexta parte del oro extraído. 

Como a pesar de sin intento, los abusos siguieron y las protestas de obispos y religiosos se hacían más continuas, la Corona resolvió aprobar en 1580 un nuevo cuerpo de disposiciones propuesto por el gobernador Martín Ruiz de Gamboa. En esta nueva tasa, que llevó su nombre, se sustituyó el servicio personal por un PRI en oro o especies, propendía también a la agrupación de pueblos de indios desde donde esto saldrían a alquilar libremente su trabajo, del cual recibirían una remuneración deducido el tributo. 

Esta tasa fue sin embargo de corta duración, ya que en la práctica resultó un completo fracaso. Se hubo de volver al sistema ideado por Santillán, que salvo pequeñas modificaciones prevaleció durante todo el siglo XVI. 

El reparto de tierras 

La explotación de la tierra tuvo en un comienzo una importancia limitada, porque tanto los cultivos como la crianza de ganado no tenían más objeto que proveer al reducido número de conquistadores que habían llegado al país. 

Sin embargo, la concesión del dominio se asentó desde un comienzo en las bases jurídicas muy sólidas: estas arrancaban del derecho que a través de las Bulas de Donación había hecho el papa Alejandro VI a los reyes españoles. De acuerdo a ellas, la corona de Castilla era dueño de las tierras baldías, que el lenguaje de la época se conocían como Tierras de Realengo. 

Se procedió así a repartir la tierra entre los beneméritos, denominación, y como ya se dijo, designaba a los españoles y a sus inmediatos descendientes: el título originario de dominio fue la merced de tierra. 

Pedro de Valdivia, una vez asentada la conquista, procedió de inmediato a la distribución de ellas, tarea a la que fue secundado por los cabildos. Sólo a finales del siglo XVI se circunscribió la facultad de otorgar mercedes al gobernador. Las primeras concesiones fueron en general pequeñas, la ley establecía que no excedí es en las 200 cuadras, pues se consideraba peligroso la posesión de grandes extensiones en una sola mano. La ocupación tampoco fue continua, ya que sólo interesaban las mejores tierras, muchas de las cuales pertenecían a indígenas que paulatinamente fueron desplazados a suelos de menor calidad. 

La concesión revestía diversas formas: podían ser, como ya se ha visto, un solar, una chacra, cerca de la ciudad, que servía para el aprovisionamiento de ella, una hacienda o estancia, denominaciones que dependían de la fusión a que fuera destinada: cultivo de cereales o crianza de ganado. 

En el otorgamiento de la merced se hacían diversas consideraciones que nos permiten precisar la institución. Se dejaba constancia que era a título gratuito y que se daba en razón de los méritos y servicios del agraciado, que era perpetua y que sólo tendría valor sino dañaba a terceros ni interfería a la propiedad indígena y que necesitaba, por último, confirmación real para producir verdadero dominio. 

La costumbre no sólo exigió este procedimiento, sino que la concesión estuvo acompañada también de otras formalidades como la toma de posesión y la mensura. 

En la toma de posesión, el agraciado se trasladaba sus tierras y en presencia de autoridades y testigos, marcaba con diversos signos externos su dominio. La mensura era la medición de la propiedad, trabajo que realizaba un Alarife quien estampaba en un acta los deslindes de ella. 

En 1603 y a raíz de una serie de dificultades en los límites de los predios, el gobernador Alonso Pérez Ribera comisionó al capitán Ginés de Lillo a efectuar una visita y revisión de las propiedades ubicadas en los términos de la ciudad de Santiago. La mensura de Lillo fue de extraordinaria importancia pues gracias a ella es posible conocer y fijar los límites reales de todas las Mercedes otorgadas. 

Al lado de la propiedad individual existieron otras formas de tenencia de tierra: una fue la propiedad comunal y otra fue la indígena. 

La propiedad comunal se expresó fundamentalmente en el ejido y la dehesa, que podían ser pactos o tierra de utilidad para toda la comunidad. 

Estaban situados por lo general en los aledaños de las ciudades y se ponían bajo la prisión de los cabildos que se encargaban de administrarlas y protegerlas de cualquier intento de apropiación. 

La propiedad indígena, por último, se mantuvo, al menos teóricamente, como una constante preocupación de la Corona. La donación Pontificia no las incluía y el deber de los funcionarios reales fue velar por su conservación. 

Éstas tierras revistieron en la mayor parte de los casos la forma de pueblos de indios, donde no sólo existía la propiedad individual, sino también lugares destinados al aprovechamiento común, similares a los que encontramos en la República de los españoles. 

Los lavaderos de oro una actividad efímera 

La extracción de metales preciosos, fundamentalmente oro, fue la actividad económica más importante del siglo XVI. El oro proveniente de lavaderos, fue la única riqueza obtenida durante la conquista y contribuyó a afianzar la atrayendo como principal señuelo a los escasos contingentes de soldados que pasaron desde el Perú a Chile. 

Los primeros lavaderos explotados por los conquistadores fueron los de Marga-Marga, cercanos a Valparaíso. La ampliación de la conquista hacia el sur permitió luego extender el trabajo a los lavaderos de Quilacoya, inmediatos a Concepción y a los situados en las proximidades de La Imperial, Valdivia y Villarrica, ciudad que tomó ese nombre, precisamente, por la riqueza aurífera de sus cercanías. 

Los lavaderos fueron trabajados por contingentes indígenas que constituyeron el elemento fundamental de su explotación, y sin las cuales no se habría podido extraer el oro de las quebradas y riachuelos. Numerosas cuadrillas de naturales, dirigidas por estrictos capataces, fueron la base de la explotación aurífera y acaso el buen rendimiento del metal amarillo se debió más que a la riqueza de las arenas, a la infinidad de manos que manejaban las bateas sin parar y sin que causen gastos apreciables. 

De ahí derivó el principal interés de los españoles en la obtención de encomiendas ya que les permitía utilizar vasta mano de obra gratuita en la extracción del precioso metal. 

En Chile, durante el siglo XVI si bien sólo contamos con datos parciales, se puede afirmar que sus frutos fueron considerables: la media anual entre 1545 y 1560 se calcula en 2000 kg de oro. 

El desastre de Curalaba de 1598, que inició un formidable alzamiento indígena y la destrucción de las ciudades al sur del Biobío, terminó con esta actividad ya sumamente mermada en los últimos decenios el siglo, tanto por el paulatino agotamiento de los lavaderos, como por la considerable disminución de la masa indígena que los trabajaba incapaces de resistir entera el choque con el europeo. Un cálculo estimativo después de 1560 habla por sí solo: 500 kg como media anual. La vida económica hubo de orientarse hacia otros rumbos.

Necesitamos compatriotas, necesitamos y con urgencia ciudadanos que no les sea indiferente el olvido en que han caído los sucesos de la historia que construyeron Chile. Invitamos entonces a todos los interesados a participar de un macro/proyecto - creativo/cultural, que rescata nuestra gloriosa historia, para que así nuestras actuales y futuras generaciones conozcan y admiren a nuestros próceres conocidos y anónimos, para poder reencontrarnos con nuestra verdadera identidad nacional.

 


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